martes, 15 de julio de 2014

Segunda novela negra de la serie de "El Flaco" - Los secuestradores - En Amazon, código: B00NG0MH84


Los secuestradores es una novela que mantiene en vilo al lector desde la primera página. Prepárese para leerla de un tirón, porque una vez que la empiece no va a poder dejarla hasta el final. Para colmo, cuando la termine y vuelva a respirar va a sentir pena, casi como si sufriera un síndrome de abstinencia.
Sucede que este estilo mordaz, llano, sin vueltas, característico de Orlando Espósito resulta adictivo. Y en esto mucho tiene que ver el rescate del lenguaje de la calle y cómo hace hablar a los personajes con  naturalidad  en diálogos veraces, frescos, por momentos conmovedores, escritos al correr de la pluma y con frecuencia, sumamente divertidos.
La desaparición de una adolescente a plena luz del día se convierte en el primero de una serie de secuestros que se abaten como una plaga sobre el barrio. El Flaco y Cayo, su socio, dedicados de lleno a imprimir el primer número del periódico vecinal, La Voz de Villa Urquiza, se ven envueltos en una batalla para la que no estaban preparados y en la que se verán obligados a poner en juego todo lo que tienen, incluida la vida, para enfrentar a la mafia.
Los secuestradores es un thriller que refleja con crudeza e ironía el mundo que nos rodea y en el que estamos inmersos, nos guste o no. Como si lo dicho fuera poco, todo resulta tan creíble y real que, por momentos, va a sentir el soplo de un escalofrío corriendo por su espalda.
J.G.

sábado, 15 de marzo de 2014

Palancas

Fui el primero en entrar en la pieza de las palancas. Una luz sucia, que llegaba reflejada por mil muros grises se filtraba por la ventana. No había espacio suficiente para los dos, así que yo escuchaba desde adentro mientras que él hablaba algo apartado, con media cara en sombras, porque mi cuerpo impedía que le diera de lleno la claridad.
Ver o no ver su cara me daba igual. Lo que yo quería era trabajar y poco importaba lo que decía. Tres segundos, eso era lo que repetía al tiempo que levantaba la mano mostrando tres dedos. No perdí tiempo y empecé a trabajar. Adiviné que no iba a ser el único.
¡Prosiga!, gritó el de la gorra mientras abría la puerta y hacía pasar al segundo. No pude observarlo porque me encontraba ya en plena faena y, además, lo que oía era lo mismo que había oído un momento antes, salvo cuando dijo: La suya es la número dos.
Por alguna razón, el intervalo de mis tres segundos no coincidía con el del segundo (arribado segundo, no segundo de tiempo ni Segundo de nombre). Casi había una alternancia perfecta. Yo bajaba la palanca y, transcurrido un segundo y medio, segundo bajaba la suya. Fuimos tomando ritmo.
Al principio contaba como me había explicado el de la gorra: Ciento veintiuno, ciento veintidós, ciento veintitrés y le daba -se demora un segundo en decir un número de tres cifras- pero cuando llegó el otro y tomamos ritmo, nos fuimos acompasando y se hizo más fácil.
No hacía falta contar. Sin embargo, seguía contando y, supongo, el otro haría lo mismo. No se podía hablar, desde luego. Además, ¿qué se podría decir en tres segundos? Ciento veintiuno, ciento veintidós, ciento veintitrés y nada más.
Cuando me explicó -el de la gorra-, que la paga iba a ir pareja con la cantidad de bajadas de palanca, me propuse llevar la cuenta para asegurarme de que me pagaran lo justo. Pero no consideré con que tendría que contar los segundos para dar el golpe y eso me desconcentró por completo y perdí la cuenta. Fue cuando parpadeó la luz roja ubicada encima de mi palanca. Creo que me distraje y no bajé y entonces destelló. Uno, conté en silencio resignado a dar por perdida la cifra de bajadas y empezando a controlar los chispeos rojos.
Oí al de la gorra: ¡Prosigan, prosigan! Se abrió la puerta y entró el tercero. O sea que segundo no era el último. De verdad que el lugar era estrecho y, además no tenía buena ventilación por lo que empecé a sentir calor y a transpirar.
Una vez que se puso a trabajar el tercero se hizo más fácil la cosa: ¡Clac, clac, clac! Cada tantas bajadas pasaba el antebrazo para secar el sudor de mi frente. No sabía cuántas eran porque no quería contarlas pero iba al ritmo.
Sonó una chicharra. Se abrió una especie de buzón en la pared delante de 2 y pasaron una bandeja con comida. Error, llegué a pensar sin dejar de darle, yo soy 1. ¿Se habrán olvidado de mí?
Pero apenas había cumplido dos bajadas más, apareció una bandeja con mi número. Sospeché que era por culpa de las luces rojas que se habían encendido. No estaba mal la comida. Medio tibio el guiso y con poca sal, pero las tripas lo agradecían. Comí tratando de ignorar el botón rojo que se iluminaba cada tres segundos. Iba a hacer un comentario a 2, que la comida no era mala, pero estaba ocupado en devolver la vajilla a través del buzón para volver a darle a su palanca.
Dejé sin probar la gelatina –era la oportunidad de recuperar el atraso-, y volví a lo mío. ¡Prosigan! Se abrió la puerta y entró 4. Así que 3 no era el último tampoco. El de la gorra habló desde afuera. Para 4 no quedaba lugar. Nosotros seguíamos ¡Clac, clac, clac!
¿Adónde?, pensé. No pensé: ¿adónde lo van a poner?, porque no daba el tiempo. Sólo: ¿Adónde? El de la gorra volvió a hablar y 4 bajó a una grada inferior que no había visto hasta el momento. Una especie de canaleta para llegar a la cual tuvo que contorsionarse. Luego se movió a nalgazos hasta ubicarse debajo de mí. Es decir que lo que había detrás de los asientos eran pasadizos por los que uno se podía arrastrar hasta llegar al sitio que tenía destinado sin molestar a los otros.
Cuando 4 bajó su palanca por primera vez los tres perdimos el ritmo y se encendieron nuestras alarmas. ¡Plam! Resonó su golpe y nos distrajo. ¡Plam! Otra vez, pero nosotros ya estábamos dándole, corriendo para que no saltara la luz roja.
4 vino a quedar justo debajo de mi posición. Su cabeza, cubierta por el casco amarillo, quedaba entre mis borceguíes de seguridad con puntera de acero. Creo que en ese momento vi que eran muchas las filas de palancas, pero no tuve tiempo para otra cosa que seguir dándole. Fue mucho después, cuando terminó la jornada, que pensé que no me había percatado de eso.
Llegó 5. Sabía que iba a ir a parar debajo de 2. Así fue. Arrancó con su ¡Plam! sin avisar, pero estábamos preparados y nadie perdió un golpe.
Pasaron la colación de 3. Creo que estuve a punto de decir al de la gorra que no era bueno ese método porque nos distraía. Pero no dije nada. Fue como un ramalazo. Más tarde me ocurrió lo mismo con María y los chicos. Los vi riendo y saltando en la cocina cuando les conté que había conseguido trabajo en la planta. Guiño rojo.
Todo iba mejor. Ahora la luz venía de arriba y era blanca, no sucia como la que yo había visto al empezar la jornada. Supuse que habían encendido unos tubos en el techo. ¡Prosigan, prosigan! Llegaron 6, 7, 8 y 9.
La fila de debajo de nosotros se completó con 6. Los otros fueron para arriba. Nuestros cascos quedaron entre sus borceguíes con puntera de acero. Tuve ganas de ir al baño.
Lo primero que tendría que hacer para salir del cuarto sería soltar mi palanca. Me dominó la sensación de que si la soltaba, todo se iba a parar. Había ruido de metales y resortes yendo y viniendo. Clic, clac, plin, plan. No quería que parara el ruido.
No sabía para dónde salir. Solté la palanca. Luz roja. Los demás siguieron. Éramos tantos que no se notó la falta de mi ruido. Por debajo habría unas tres hileras y por encima unas diez o más.
Salí hacia atrás tratando de no perturbar a 2, a mi derecha, ni a 4, debajo, ni a 7, arriba. Lo único que veía era mi palanca y las punteras de 7. A 2 lo sentía a veces con el codo y a 4 le golpeaba el casco cada tanto con los zapatones. Cada vez que mi palanca no bajaba la luz roja parpadeaba.
Cuando volví ya éramos más del doble aunque quedaban palancas disponibles. Estaba entrando por el pasadizo para ir a mi puesto y pensé que era una lástima no haber prendido un cigarrillo en el baño. No quería ni imaginar cuántos rojos me habrían encajado.
Sonó la sirena y salimos. El de la gorra me dio un cartón que tenía acuñado el número 9327 y la fecha. Se corrió la reja de la calle y salimos mientras entraban los del segundo turno. Éramos más de mil.
Esperé el colectivo. No demoró. En una hora y media llegaría a casa. Estaba molesto por la boca reseca. Tenía trabajo: bien podía darme el gusto de entrar en el boliche del Tata a jugar un truco y tomar unas cañas.

lunes, 17 de junio de 2013

RAWRA, EL ALMA

Llegar a Humahuaca fue ingresar a otro mundo. Un mundo del que no podría volver sin alteraciones. Ni siquiera sé si logré salir o si aún permanezco dentro de él. Rondan recuerdos, una sensación de pérdida, añoranzas de mi cuerpo impregnado por aquel silencio azul, la inmensidad del mineral y la liviandad del aire.
Decidí hacer una visita a mi amigo Juan aprovechando los días de licencia. Sabía que no iban a ser unas vacaciones normales, como las de un turista más. Conociéndolo, anticipaba que ese viaje resultaría algo fuera de lo común. No me equivoqué.

Lo reconocí una tarde mientras miraba un programa en el que entrevistaban a un grupo de artesanos del noroeste. Di un salto y encendí la computadora. Comencé a buscar en la red hasta que pude hacerme con sus datos. Luego envié un mail en el que le expresé las ganas que tenía de verlo.
Arreglar los detalles no fue fácil. Yo contestaba de inmediato sus mensajes mientras que él -como siempre-, tenía una conducta cambiante. En raras ocasiones respondía en el acto. En otras, podía llegar a retrasos de varios días. Así, tardo y remolón, llegó el momento de partir rumbo a Jujuy.

Estaba a metros de la plaza, justo donde había dicho que me esperaría. Era un hombre de algo más de treinta años, igual que yo. Nos habíamos visto por última vez cuando andábamos por los veinte. Se había dejado la barba y la coleta pero era el mismo. Por fuera, al menos.
Primero nos gritamos los nombres. Abrazos, risas. Pidió al del puesto vecino que le cuidara la mesa y nos metimos en un bar.
Mientras servían el vino nos mirábamos, nos dábamos una palmada, frotábamos las manos. Luego, diez veces otros gestos iguales, y ¿cómo estás?, qué bueno verte y así, nos fuimos soltando hasta que cedió la emoción y nos reconocimos.
Salir de las trincheras y llegar a ese punto en el que la charla se hace fácil. Largarnos a hablar de las mujeres, los libros, la revolución, el sueño de Malatesta y el nuestro. La alegría desataba la lengua. Las preguntas se cruzaban sin dar tiempo a las respuestas. La paridad. El encuentro. El interés por saber del otro. ¿Cómo iba a imaginar lo que vendría al día siguiente?
Éramos de dos mundos. De dos continentes. Como las dos orillas de un río. Él: bailarín; yo: matemático. Impulso y cálculo. Siempre había sido así. Habíamos compartido momentos bravos durante la secundaria y la universidad. Luchas de esas que sueldan las almas para siempre. La complicidad y los recuerdos fueron emergiendo.
Obligada, vino la pregunta: Y ahora, ¿en qué andás? Pero no: ¿Qué hacés o cuánto ganás? No. Era ¿Seguís firme? ¿Seguís creyendo? ¿Abandonaste? Y sí, seguíamos. No con la fuerza de la adolescencia, con menos candor, tal vez, pero con mayor certeza. Decía: hace falta un cambio de paradigma, otra moral. Yo respondía: se está dando. Y nos atropellábamos: mucho por decir; nada por callar.
-¿Hay otros camaradas por acá? -pregunté.
-Y… -contestó-, debemos ser como tres… pero estamos divididos en cuatro facciones, ¡ja, ja! Dejamos el bar. Necesitábamos espacio. Enrolló la manta en la que estaban abrochadas pulseras y collares, plegó la mesa y me la alcanzó para que la llevara.
Nos fuimos de la feria. Íbamos subiendo, saliendo de la plaza. En una esquina dos changos con guitarra y caja le gritaron: ¡Dale, Juan, dale! Mientras soltaban los primeros compases de un escondido.
Y le dio. Le dio sin dejar la manta con las artesanías. Tomó de la mano a una mujer que se dejó llevar. Giraron, con una gracia sorprendente que hacía parecer que flotaban, como si fueran más livianos que uno.
Hubo quienes comenzaron a darle a las palmas. Otros se largaron a bailar. Ya no tuve duda, era él que contagiaba, que lo levantaba a uno en vilo como un torbellino de alegría. Juan, el bailarín.
Hizo una última figura, agradeció los aplausos, saludó y seguimos nuestro camino. Fuimos repechando, alejándonos del centro, hasta que llegamos a una casa de adobe que tenía el techo derrumbado sobre un costado y una ventana tapiada con una chapa. Recorrimos un pasillo hasta trasponer una puerta que daba al patio trasero.
-Es lo que hay -dijo.
-Suficiente -contesté.
-Dejemos las cosas. Vayamos a comprar algo para comer y tomar.
De regreso, ya instalados, sobre una tabla cortamos queso de cabra, salame de llama y chivo y pan casero. Dispusimos en un recipiente aceitunas negras y porotos pallares picantes. Lavé unos vasos que había dentro de la pileta. Luego, nos dedicamos. Decía mi padre: El pan entre hermanos es el mejor manjar. Y algo de cierto hay en esas palabras. Comer en silencio, percibir el estallido de los sabores, los matices, la untuosidad del queso y la miga que limpia y prepara el paladar para otro bocado.
-Mañana salimos temprano. Me esperan para bailar en la fiesta del fin de la cosecha.
-¿Queda lejos?
-Es bien cerca. Acá nomás se abre un caminito.
Comimos y tomamos durante un par de horas. Después nos echamos al fresco bajo la copa de una higuera. Prendió un faso. Vi una plantación en un rincón.
-Lindas plantas… -dije.
-Sí, vienen como yuyo.
Así seguimos: despacito, conversando, dando una calada, matando la sed, dejando que goteara el tiempo, mirando cómo se oscurecía el cielo y comenzaban a brillar las estrellas.
Pasé la noche como pude, sobre un catre, temiendo que se descolgara del techo una vinchuca, tratando de no hacer caso de los ruiditos que venían del piso. Cuando abrí los ojos, él ya estaba de pie.
Tomamos unos amargos. Salimos. Rebuscó en una bolsita verde y me tendió un puñado de hojas.
-Tomá -dijo-, coquita para el camino.
Los cerros, las rocas del triásico, Pangea, los cardones que instilan en uno la sospecha de que guardan un misterio o una advertencia. Gondwana, la Pacha. Todo ahí. Tan concreto.
Dejamos la ruta. Entramos por una huella. Subir y subir, bordear la cornisa. Así hasta llegar al pueblo, un paraje de unas pocas casas y, cuando no, la capilla. Señaló una puerta que tenía un cartel que decía ARTESANÍAS.
Estábamos bajando cuando salió una mujer joven a los gritos:
-¡Juan, Juan, llegó Juan! -abrazo y palmadas y toqueteos.
-¿Cómo estás Rosita?
La morocha era pura risa. Apareció una vieja que nos miró uno por uno. Cara de desconfianza ¿y estos de dónde salieron? Pero se le escapó la sonrisa. Curtida, morena a decir basta, la cintura quebrada por un dolor de siempre. Apenas Juan la vio se soltó de los brazos de Rosita y dijo:
-¡Doña Rawra! ¿Cómo anda, mi reina?
-La reina es la que baila contigo. Sos el bailarín.
-Y vos, Rawra querida, el alma.
Volvieron a los abrazos, besos y palmadas. Los que trabajaban engalanando la plaza y la iglesita miraban y nos hacían señas. No faltaron los que gritaron algo a manera de saludo. Él replicaba agitando los brazos, soltando un ¡hola! o un ¡chango! Y yo ahí, parado sin saber qué hacer. No incómodo, para nada. Me sentía como al margen. Afuera. Hasta que se volvió y dijo:
-Este es mi amigo… ¿Qué digo, amigo? ¡Mi hermano! -Rosita se acercó y me ofreció la mejilla. Rawra vino. Me tomó por las muñecas. Clavó sus ojos en los míos. Yo quieto, un poco nervioso, dejándola que mire. De su boca sin dientes brotaba un aliento ácido con olor a coca.
-Vas a bailar conmigo -dijo.
-Nunca bailé en mi vida.
-Yo te voy a hacer bailar, perdé cuidado -retrucó.
Sacaron la mesa a la calle, bajo el reparo del alero. Alguien corrió a buscar cerveza. Unos chicos practicaban con bombos, uno de banda y otro legüero. Había otros grupos que ensayaban con quenas, sikus, violines, verduleras y guitarras. Cada uno iba por su lado pero igual resultaba grato al oído.
Varios arcos altos, de cuatro o cinco metros de ancho, construidos con palos y alambre eran revestidos con flores trenzadas y cintas de colores por las muchachas. Según los iban levantando conformaban una circunferencia frente al atrio de la capilla.
Rawra trajo unas empanadas bien picantes. Dimos dinero a unos chiquilines que se habían arrimado para que fueran a comprar de beber. Salieron corriendo a las carcajadas, contentos de prestar el servicio.
-Ya viene el ruqru(*) -dijo Rosita que entraba y salía con platos, cubiertos, cazuelas, pan y otras cosas. La mesa se fue cubriendo de objetos, comida y botellas; sensación de abundancia. Al rato trajeron un locro pulsudo, tan espeso, que clavaba la cuchara y quedaba parada. Rawra condimentó mi plato con dos medallones de una salsa roja.
-Tené cuidado, rubio –advirtió-. Que el picante no toque tus labios porque te vas a prender fuego. Abrí bien la boca-. Me miró mientras alzaba la mano para acomodar un mechón de mi pelo que, al parecer, veía fuera de lugar.
-Perdiste -dijo Juan-. Preparate porque la vieja es brava.
No escuché o no entendí qué había querido decir. Aún a la sombra hacía calor, el guiso elevaba la temperatura unos cuantos grados y la cerveza no alcanzaba para calmar el picor que sentía en la garganta. Tal vez, si no hubiera comido y bebido tanto, habría prestado atención a aquellas palabras.
Estuvimos un rato contemplando la actividad en la plaza. Vi que venía una vieja, pasito a paso, sin apuro, con su sombrero de fieltro y una especie de chaleco de color índigo. Saludó y dijo algo a Rosita. En quechua, creo. La muchacha contestó. Los tres me miraron mientras movían la cabeza asintiendo. La mujer entró en la casa.
Ya no servía para nada. Necesitaba tirarme a dormir allí mismo. Estaba bien, pero vencido por el sueño; lo único que quería era dormir. Salió Rawra y dijo:
-Te me estás durmiendo, rubio. Tenés que descansar para esta noche. Tomá una poquita de este té que te va a dar un respiro y te vas a dormir la siesta-. Sirvió en un pocillo de arcilla cocida un líquido turbio. Mientras bebía, Rawra trataba de acomodar mi pelo y murmuraba. Luego, tomándome del brazo, me guió hacia uno de los cuartos de la casa. Apenas podía caminar. Caí rendido sobre un camastro.

Desperté cuando oí que decían mi nombre. Era “el bailarín”. Había una lámpara encendida. Dijo:
-Vamos que va a empezar, ya está anocheciendo.
Salimos a la calle. La plaza estaba a pleno, el pueblo entero, camionetas y autos, motos, bicicletas, todo medio abollado, oxidado. Enfrente de la capilla, dentro del círculo formado por las arcadas tapadas de flores, se alzaba un corral de palos atados con alambre en el que habían encerrado unas ovejas.
-¿Qué hacen esos animales ahí? –pregunté.
-Son para el sacrificio y la cuarteada-, contestó Juan y marchó derecho a saludar a uno que le abría los brazos.
En todas las casas habían prendido la luz de calle. Otro tanto ocurría con las farolas de la plaza. Cuarenta o cincuenta personas, se movían y conversaban, luciendo diversas prendas de color, amarillo, violeta, rojo, naranja, verde. Los sombreros lucían cintas o vellones que parecían tener un orden aparte. No eran trajes típicos sino que tenían un toque, algún adminículo que hacía patente el origen, la pertenencia. Poniendo atención, advertí -con cierto desencanto-, pantalones vaqueros, zapatillas, mochilas y teléfonos celulares.
Prendieron una fogata a un costado. Después arrimaron distintas ollas, unas de barro negro o rojizo, otras de aluminio y unas parrillas apoyadas sobre piedras. A continuación acercaron una marmita de hierro que colgaron de un trípode. De inmediato dos o tres mujeres aparecieron con bollos y recipientes.
Daba gusto verlas: una estiraba la maza, otra colocaba el relleno, otra mojaba los bordes y hacía el repulgue. Por último, la cuarta, las metía en el caldero, en la grasa hirviente. De veinte fuegos brotaban humos y vapores. El aire se cargó de olor a fritura de carne sazonada con orégano y comino.
Los músicos se organizaron en dos grupos plantados uno frente al otro, en el borde de la pista delimitada por las mesas. Nadie daba una orden, todos reían. Se veían excitados, los rostros enrojecidos. Llegó Rosita tendiéndome una camisola verde brillante.
-Dice Rawra que te saques la camiseta blanca y te pongas esta.
-¿Y para qué?
-No vas a salir con una camiseta ¡por favor! Póntela encima nomás que de madrugada refresca –dijo, con ese acento cantarín de la quebrada.
Estaba decidido que yo iba a bailar. No me opuse, quería participar, habían logrado despertar mi entusiasmo. Circularon manjares y cerveza. Una de las bandas largó con un ritmo. Muchos batían palmas acompañando. Terminaba una y empezaba la otra. La música no paraba. Eran bailecitos o algo así, parecidos a un carnavalito pero más lento, marcado por los bombos.
Llegó Rawra acompañada por la otra vieja, que se mantenía un paso atrás. Lucía muy llamativa con aquella falda que volaba apenas se movía, el pelo lustroso y adornado con flores. Traía un vaso. Dijo:
-Tomá un Saratoga, rubio. Así te vas entonando.
-¿Saratoga?
-Tomá que te va a hacer falta.
No podía decir que no. Me lo mandé. Dulzón y violento, me provocó un ataque de tos. Rawra hizo un chasquido de satisfacción. Tomándome de la mano, me condujo hasta una de las mesas que rodeaban la pista, frente al corral. Las ovejas estaban tiesas de pavor.
Llegó Juan. Lucía una camisola semejante a la mía pero armada con hombreras y flecos, imponente. Para que no quedaran dudas de que él era el bailarín, habían sujetado a su frente una vincha con plumas de ñandú que lo hacían parecer un gigante.
Había ido contagiándome. Sentía que crecía dentro de mí la euforia. La gente se paraba frente a las mesas mientras las mujeres servían cazuelas con distintos preparados. Pelaron los tetras, salió a relucir el vino.
Sobre una mesa junto a la nuestra, Rawra y la amiga Mamakuka -así la llamaban- comenzaron a trabajar machacando una sustancia blanca, fibrosa en un mortero de piedra. La echaban en una jarra, revolvían, agregaban un polvo y unas hojas, también machacadas. Luego completaban con alcohol de farmacia.
-Son las que preparan el Saratoga –explicó Juan.
-¿Qué le ponen?
-¡Qué sé yo! Algo de un cactus de siete puntas (*) machacado, aguacoya creo, unas hojas de una planta que no sé cómo se llama, una pizca de ceniza de jume y yuyitos. La que trae las cenizas es la Mamakuka, Rawra se encarga del resto.
-Pero tomás uno de esos y quedás a la miseria.
-Al contrario, te hace bailar sin parar. Vas a sentir que volás…

Las bandas comenzaron a tocar al unísono. Todos se dieron vuelta hacia el centro de la plaza. Cuatro figuras muy altas marchaban hacia nosotros. Dos portaban caretas de caballo y las otras dos de vaca. La multitud abucheaba. Detrás de ellos venían unos emplumados, disfrazados de pajarracos, que caminaban encorvados y escarbaban la tierra con un palo golpeando aquí y allá como si picotearan.
-Los caballos y vacas son los conquistadores -dijo Juan-. Antes traían una cruz y una espada, pero el padre pidió que dejáramos de usarlos. Los de atrás son suris, ñandúes.
Se agruparon alrededor del corral. Rosita tomó de la mano a su pareja. Se abrieron paso hasta quedar parados junto a la valla. Llegó Rawra e hizo lo mismo conmigo. Los que íbamos a bailar fuimos formando una fila doble. Tres hombres entraron al corral y degollaron uno por uno a los lanares, cortándolas luego por el medio, a lo largo. Iban metiendo las tripas en unos tachos con agua. Muy pronto irían a parar a una parrilla. El griterío crecía.
-Empieza la cuarteada –dijo alguien.
Cada pareja tomó del montón una media res sin cuerear, ensangrentada, resbalosa. Armaron un círculo. Se daban una de las manos y con la otra sostenían por las patas el trozo de oveja.
Nada me resultaba sorprendente. Rawra no me sacaba los ojos de encima. Mamakuka vino con un vasito del brebaje. Me ordenó con un gesto que me lo mandara de una. No podía dejar de bailar.
Largó una de las bandas con una cadencia marcada por la percusión. Se formó una ronda con las doce parejas. Me movía con torpeza. Hacía todo a destiempo, desconcertado, pero la gente gritaba y aplaudía. De alguna manera, el aplauso era también para mí, que ponía el mayor empeño. Traté de copiar los movimientos de uno que iba adelante. Empecé a sentir que me había alivianado y bailaba mejor. Caballos, vacas y suris se bamboleaban sueltos en el centro, moviéndose en sentido contrario.
Estuvimos un rato con ese trotecito siguiendo el compás, hasta que se escuchó el golpeteo seco de una carraca y ahí comenzó la otra banda. Era una cadencia parecida a un carnavalito, aunque no muy distinto al anterior. Y seguimos. Cuando sonaba la matraca cortaban unos y entraban los otros; siempre había música. La gente nos acompañaba para animarnos. Las parejas evolucionaban entrando y saliendo, cada uno participando como podía.
Abajo y arriba y meta trote, quedé sin aire, pero apareció otra vez Mamakuka con un pocillo del menjunje para mí y otro para Rawra. Todos éramos atendidos de la misma forma. Las viejas entraban con vasitos de brebaje y los llevaban siguiendo el ritmo, mientras hacían malabares para no derramar una gota hasta que lo entregaban a un bailarín.
Ahora sí, el Saratoga barría con todo. Un segundo antes estaba exhausto. De pronto algo me corría y se metía el son bien adentro, hasta los tuétanos. Flotaba, no tenía peso; había desaparecido el cansancio. Lo único que quería era bailar. Bailar bailar. Ya no tenía que hacer ningún esfuerzo. Todos éramos uno que no iba a parar. Nunca iba a parar; tampoco las bandas. Más rápido y más fuerte. Trance. Idéntico paso todos. Cada uno tironeando de su cuarto.
Oigo que alguien grita: ¡Novena! El grito corre: ¡Novena! Alaridos. Abren las puertas de la capilla. Veo al fondo el altar con mil velas encendidas y formamos en fila. Caballos, vacas y suris. Juan y Rosita van haciendo punta. Suben al atrio. Entran como pueden, siempre bailando, allí entre los bancos. Así vamos, saludando a los que enfrentamos; unos que entran y otros que salen. Ahora estamos la mitad sobre la pista, en la plaza, y la otra mitad repartida sobre la escalinata y dentro de la iglesia.
¡Novena, novena!, aúllan. Completamos una vuelta y van contando: ¡Uno!, ¡dos!, ¡tres!, así hasta que llegan a nueve y otra vez a tomarnos en redondo. Flotábamos, Rawra –ninguna tan linda como ella- y yo, tomados de la media res, mirándonos, quemándonos con los ojos. Chispa y fuego.
Alguien puso una empanada en mi mano. Bailá comé bebé. Ya no sentía las piernas. El parche del bombo retumbaba en mis entrañas. Podría seguir toda la noche, toda la vida.
El cuero de la res se retorcía. En una de ésas Rawra me dio un beso en la boca. Menta y albahaca. Estábamos otra vez sobre la pista. La gente nos atendía. Me alcanzaron un riñón de oveja recién salido de la parrilla. No tenía hambre. Pero estaba crocante, exquisito. Quería beber. Beber y danzar. Hasta que no se separen los cuartos no podremos parar. Dale dale dale dale.

Asomó un rayo de luz desde detrás de los cerros. Aclaraba. Algunos se habían ido, otros quedaron desparramados en el suelo. Los bailarines seguíamos, las bandas también. Apuraban el ritmo. Uno de los caballos cayó sobre un cantero y allí quedó, sin soltar la botella de cerveza que mantenía aferrada por el pico.
Teníamos que seguir hasta que se cortara el cuero. Momentos antes de que saliera el sol, estalló el frenesí. Fue como si el cielo rojo nos incendiara el alma. Íbamos más y más rápido. Todos giramos y giramos hasta que se separaron los cuartos. Sólo quedaron Juan y Rosita. Parecía que flotaban.
Armamos una rueda. En el centro, solo los dos. Ella, hermosa, fresca como si recién empezara, giró y la pollera se echó a volar y pareció que se alzaba en el aire. Él, enorme, le bailaba alrededor sin darle respiro, demandándola, exigiéndola, hasta que cada uno se quedó con un cuarto y levantaron los brazos al cielo.

Abro los ojos. Rawra coloca algo mullido bajo mi cabeza. Me obliga a mordisquear un trozo de pan untado con dulce de cayote y beber pequeños sorbos de Saratoga. Está hermosa, fresca. Como si nunca hubiera bailado. Lleva desabrochada la blusa. Veo sus pechos chorreando leche. Estoy desnudo. Deja el plato y el vaso al pie de la cama. Me acaricia. Me recorre con su lengua, chupa muerde huele sopla. Se libra de la pollera.
Me ofrece un pezón. Siento en mi boca el líquido dulce pero se retira. Vuelve a darme un sorbo de la pócima. Se coloca a horcajadas, mueve las caderas como si siguiera en la danza. Soy el líquido; ella, el cántaro. Soy el magma; ella, el centro de la tierra.
Hurgo con mis dedos, busco sus rincones mientras se mueve. Arriba y abajo. Aprieta con las rodillas, sube milímetro a milímetro y luego, cuando pareciera ya no haber lugar para el placer, comienza a bajar con una lentitud que enloquece. Gime, al tiempo que la penetra la columna de fuego.
Acaricio su cuello, sus brazos, su cintura. La piel es suave. Olor a comino pimienta dulce madera. Un halo de luz perfila su figura. La cabellera ondea en el albor, los ojos miran sin parpadear y arrebatan. Sus dientes brillan.
Quiero hablar, quiero decir que es mi diosa, que la amo pero pone una mano sobre mi boca. Sigue moviendo la cintura sin tiempo, contrayendo y aflojando. Ahora inicia un vaivén de la pelvis más apurado. Y así hasta que cedemos, nos abrimos y abandonamos toda demanda. La Pacha nos cobija y envuelve con el húmedo olor de la tierra profunda.
Entro en estado de lasitud. Caigo en un sueño al que no soy capaz de renunciar a pesar de no querer perder ni por un segundo el contacto con Rawra. Alguien canturrea. Apenas puedo abrir los ojos. Es Mamakuka que se ocupa de mí. A ella también la veo nimbada por una luminiscencia. Aplica un ungüento aceitoso; palta citrus hinojo.
Va pasando por cada parte de mi cuerpo. Canta, arrulla. Necesito evacuar. Intento levantarme pero ella lo impide. Náuseas, arcadas, trato de incorporarme. Coloca una bacinilla cerca de la almohada, toma mi cabeza entre sus manos y me ayuda a vomitar. Pellizca mi vientre. Tira del pellejo. Cada vez que estira se producen movimientos en mis tripas. No puedo evitarlo: evacuo. Vergüenza. Ella sonríe. Levanta primero una y luego otra de mis piernas. Limpia. Retira algo que había debajo de mí.
Va lento. Ahora masajea las plantas de los pies, cada dedo. Sube y me da a beber de un vaso. No sé qué me da. No importa. Unta el glande con una emulsión. Calor. Aleteos de colibrí.
Aparece Rawra como si hubiera estado esperando disimulada en las sombras de la habitación. Pone un bocado entre mis labios. Mastico. Se echan las dos, una a cada lado. Acarician pellizcan besan lamen. Rawra murmura un par de palabras. Mamakuka sale del lecho. Volvemos a los juegos. Llegar al límite y atrás, al límite y atrás, una y otra vez.
Aquello duró un día y una noche, hasta el amanecer. Eso creo. Abría los ojos y la veía, siempre sonriendo, moviendo las caderas, agitándose, dándome algo de comer y algo de tomar o poniendo unos paños fríos sobre mi frente y bajo mis axilas. De repente, yo estaba arriba de ella o detrás y debajo y arriba. Las bocas las manos los ojos las piernas.

Juan me sacude para que despierte. Dice que nos tenemos que ir, que me vista, que la ropa está sobre la silla. Me siento. Por entre las rendijas de las tablas que tapian la ventana veo que ya es de día. Estoy desnudo. Vaquero, remera, zapatillas.
-¡Dale, che! -grita desde la cocina. -¡Levantate! Vení a tomar unos mates que nos vamos.
Están sentados a la mesa. Pastelitos dulces. Ríen, los divierto. No hago caso. Estoy confuso, cansado.
-Te aguantaste bien la bailanta, rubio -dice ella.
-Aguanté, sí, pero ustedes fueron los mejores.
-Y bueno, por algo le dicen “el bailarín”.
-¿Y Rawra, por dónde anda? -pregunto como al descuido.
-Llevó a pastorear las cabras. Te dejó saludos –contesta Rosita.
Minutos después estamos recorriendo la huella rumbo a la ruta. Juan prende un cigarrillo, sopla el humo y dice:
-No quería que nos fuéramos. Tuve que prometer que volverías conmigo el año próximo. Si no, no sé si nos habría dejado partir.
-¿A quién le prometiste eso?
-¡A la vieja!
-¿Cómo a la vieja… de quién estás hablando?
-¡De Rawra! ¿De quién va a ser?
-Hermano, ese Saratoga me cayó para la mierda. No sabés los sueños que tuve.
-¿Sueños? ¡Je, je! ¡Para colmo te robaron pelo y van a hacerte una layqa!
-¿Una qué?
-Una brujería… para que vuelvas todos los años. Ya vas a ver.
Bajo el parasol y observo mi rostro en el espejito. Cristalinos enrojecidos, piel amarilla, ojeras. Estoy hecho pedazos. Descubro que me falta un mechón sobre la oreja izquierda.
Un tijeretazo descargado del lado del corazón.


(*) N. del A.
Ruqru: Voz quechua. Locro.

Cactus de 7 puntas: Cactus de San Pedro. (Trichocereus peruvianus).

Juan el bailarín: Se dio a conocer bajo este nombre al autor. En circunstancias que no vienen al caso, relató a grandes trazos la fiesta conocida como “la cuarteada”, en una estación de servicio en la Quebrada de Humahuaca en 2011. La narración, algunos detalles de la celebración, hechos y personajes son producto de la imaginación.

© Orlando Espósito - 2012

lunes, 13 de mayo de 2013

La caja

Recibí un paquete remitido desde Río Negro por un tal Domingo Antilef, un desconocido. Era pesado. Corté el hilo y desplegué la capa exterior de cartón corrugado. Lo primero que vi fue un sobre con mi nombre manuscrito. El resto tenía un segundo envoltorio de papel madera. Lo dejé para después. Abrí la carta.

La había escrito mi padre. La primera señal de vida que recibía desde que desapareció. La letra vacilante se extendía a lo largo de tres hojas plagadas de anfractuosidades y tachaduras.

“Querido hijo:
No sé si recibirás esto. ¿Seguís viviendo en la misma casa? No sabemos nada del otro, ni vos ni yo. Hace doce años que te abandoné físicamente. Antes, lo había hecho mi espíritu. Entonces tenías veintidós. No sé cuántos mas habrán pasado cuando recibas esta. Cerraré el sobre y me cuidaré de embalar este obsequio para que no sufra daño alguno. Luego lo entregaré a mi vecino Domingo Antilef, con instrucciones para que una vez que ocurra mi muerte, vaya a la oficina de correos de Valcheta, el pueblo más cercano y lo despache”.

Comparé la fecha de la carta con la de la encomienda y descubrí que había cuatro años de diferencia entre una y otra. Me aferró un espasmo de angustia.

“No estoy enfermo. Mi cuerpo está viejo, eso es todo. No sé cuándo voy a morir. Esta caja contiene todo lo que aprendí, que es todo lo que tengo. La hice con mis manos. Cada una de las piedras que contiene fue buscada y seleccionada en orillas de arroyos y ríos en donde pasé lo mejor de mi vida.

Recuerdo el miedo y el dolor reflejados en tu cara el día que te di un abrazo y me marché, tres años después de la muerte de tu madre. Es fácil perder el camino. ¿Quién sabe cuál es? Si hubiera seguido trabajando en mi consultorio ¿alguien podría asegurar que no lo habría perdido? ¿Vivir es estar sujeto, apegado?”

Leer aquello abría la herida cauterizada a hierro y fuego. Pero del pozo seco de un dolor no brotan lágrimas. No podía llorar.

“El mismo día de mi partida llegué de un tirón a la Pampa de Achala, sobre el camino de las Altas Cumbres, en Córdoba. Allí armé la carpa, cerca de un hilo de agua que corría entre las rocas. Permanecí en la zona unos dos años. Pero volvió a ganarme la inquietud y fui moviéndome hasta recalar en un rancho abandonado en la Cuesta de Miranda, en La Rioja.

Cerca vivía una “laikka”, una hechicera diaguita. Hablamos. Formamos pareja. Pronto me convenció de continuar mi viaje. ”Tenés que buscar tu lugar”, decía Thika, así se llama, todavía sigue conmigo. Iniciamos el camino rumbo al Sur. Sin tiempo ni destino.

Marchamos durante años. Pasamos un invierno en Pilquiniyeu del Limay. Después cruzamos la meseta de Somuncurá hasta llegar a Chipauquil, donde el agua brota de las rocas y alimenta mil arroyos.

Allí mi vecino Antilef me bautizó “Nampëlkafe”, mi nombre mapuche. Ese fue el fin del camino. No podría decir porqué.

Desde el inicio del viaje comencé a pensar en la caja. Pensé en la forma que le daría, en la madera -los listones son de chañar y piquillín-, elegí cada uno de los guijarros. Un viejo me enseñó a darle el lustre con bayas machacadas…”

Madera, piedra ¿qué es esto? Dejé la carta a un lado, despegué las cintas y abrí el papel.

Quedó a la vista. Era cuadrada. Los tableros armados con listones intercalados amarillos y rojos. Pocos centímetros de altura. La parte superior compuesta por dos tapas trabadas por un cerrojo cuyo mecanismo me costó descubrir.

Retiré cartones y otros restos del envoltorio dejando la mesa libre. La caja reflejaba la luz proveniente de la ventana con un brillo mate. ¿Emoción, miedo, ansiedad? No sé qué esperaba encontrar; se trataba de un legado, algo que había llegado a mí por voluntad de otro.

Abrí. Levanté las dos tapas, primero una luego la otra, hasta que quedaron apoyadas sobre la mesa, volcadas una a cada costado. Al abrirla, las tres partes mostraban un reborde parejo de un par de centímetros de alto. El interior estaba repleto de canto rodado. Pequeñas piedras lenticulares, algunas casi transparentes, otras negras, densas, pulidas. Tendrían dos milímetros de espesor en el centro y un centímetro o poco más de largo. A simple vista, daban la impresión de tener el mismo tamaño. “Elegí cada uno…”

Tal vez fueran miles. Sólo verlas generaba extrañeza. Silentes, inmóviles, parecía que permanecieran a la espera de algún acontecimiento. Pasé la palma de mi mano por encima, un gesto instintivo. Emitieron un sonido seco, un murmullo.

Noté una forma en el centro del tablero, apenas disimulada por la grava. Aparté con los dedos las piedritas dejando a la vista otro cuadrado.

Corrí a buscar una toalla y volqué el contenido de la caja en ella. Luego volví a ponerla sobre la mesa. Ahora veía con claridad el conjunto: un ala a cada costado de un cuadrado central y, en el centro, girado a cuarenta y cinco grados, otro más chico. Todos enmarcados por un reborde regular de madera.

El interior del ala que vuelca hacia la izquierda está coloreado de verde, el otro muestra ondas de varias tonalidades que van del negro al blanco pasando por marrón, ocre, gris. La base más grande tiene una coloración tiza. El cuadro central, un azul francia pintado de tal forma que los trazos insinúan una circunferencia. El color vira formando círculos concéntricos, y va oscureciéndose a medida que se acerca hacia el centro hasta dar un añil profundo.


Ruido en la cerradura. Se abre la puerta. Es Raquel. Se detiene sin cerrar, parada con la mano aún en el picaporte, tomada por sorpresa al ver los cartones y papeles tirados en el piso, la toalla con el montoncito de piedras. Exclama:

-¿Qué pasa?

-No sé qué pasa, recibí esto de mi padre. No sé qué es.

-¡De tu padre! ¿Cómo que recibiste eso de tu padre? ¿Apareció?

Expliqué como pude lo que había ocurrido a lo largo de aquel día, mientras ella estaba en el estudio. Le entregué la carta. Dejó la cartera sobre la mesa. Comenzó a leer con un rictus de enojo. Pronto estaba sentada sobre el borde de una silla. Cada tanto, interrumpía la lectura y miraba la caja, los papeles y las piedras.

-¡Qué raro!

-Sí. Muy raro. No puedo entender qué es ni para qué lo mandó… ¿Para qué tomarse semejante trabajo?

Se acercó. Se arrodilló junto a la mesa. Recorrió los bordes de la caja con las puntas de los dedos deteniéndose en los detalles, probando a girar unas perillas que tenía el cerrojo para abrir y cerrar las tapas.

-Es perfecta -dijo-. Nunca vi nada igual. Es el trabajo de un ebanista. Mirá este cierre, cuando abre parecen las alas de una mariposa.

-Era dentista. Tenía habilidad manual y era minucioso.

-Sí. Y al parecer tuvo todo el tiempo que quiso para terminarlo.

-En la carta dice que comenzó a pensar en construirla mientras caminaba.

-Eso llama la atención: que diga que pensó mucho en cómo hacerla, pero no para qué la hizo.

“Pasé la vida dedicado a fabricar esta caja. Otros pasan la suya vendiendo zapatos, arreglando muelas o trabajando en un banco…”

Quedamos callados contemplando ese artefacto que había irrumpido en nuestras vidas. Se había hecho de noche. Propuse que fuéramos a comer a un restorán cercano. Caminamos las tres cuadras sin decir palabra. Atrás, en casa, había quedado la sala de estar invadida por el caos. Papeles tirados, las piedras, la caja y la desagradable sensación de que nuestra tranquilidad había sido quebrada.

La cena no alivió nuestro ánimo. Cuando el mozo trajo los cafés Raquel dijo:

-Lo primero que voy a hacer, por mi parte, es dedicarme a ver cómo está construida, las medidas, las técnicas utilizadas, los materiales. A lo mejor, descubrimos algún significado que se nos escapa ahora. Aprovechemos que viene el fin de semana.

-Bien, parece buena idea. Mañana voy a releerla con detenimiento. Ya veremos.

-Tal vez no sea más que un juego. Algo tomado de los mapuches o de otro pueblo.

-Tal vez, sí. Pero no creo que se trate de un juego. Para nada.


¡Qué mal dormí! La noche entera soñando con la caja. Es como un backgammon. Me preocupa verlo a él desbordado. No es para menos: años sin noticias, dándolo por muerto y de golpe, de la nada se le aparece de esta forma. No sé qué es peor, si la caja o la carta. La carta es la voz de un muerto. Lo que fuera, es pesado… demasiado pesado. No hay obligación de dedicarse a ello, ninguna, pero no podemos evitar la curiosidad.

Algo así tiene que haber sido hecho con intención. Nadie se toma ese trabajo de años para guardar unas piedras. Creo que eso es lo que nos está obsesionando. Es evidente que hay una intención. Nos obsesiona la posibilidad de que sea un acertijo que oculte un mensaje. Mandarla así, después de muerto. ¡Flor de hijo de puta!

Difícil que se trate de un juego. Es muy complicado para ser un juego. Necesito tomar un café negro. Después me pongo a trabajar.

Empecemos por medirla. Todo es especial. Las tapas cierran tan justo que no entra una hoja de papel. Es casi hermética. Anoche, poniéndola cerrada contra la lámpara no se filtraba luz por los bordes, nada.

Los tableros están hechos alternando listones encolados de diferente madera. Mide cincuenta y dos por cincuenta y dos centímetros y seis de alto. Es necesario abrir primero la tapa de la derecha y luego la de la izquierda, porque ambas tienen el canto rebajado en sentido contrario para que cierren bien. Las tapas y el fondo tienen un reborde de dos centímetros. Al abrirlas, giran sobre unas bisagras tipo piano y quedan a la misma altura que el fondo cuadrado. El fondo libre mide cincuenta centímetros con catorce milímetros por lado. Llama la atención este rebaje de catorce milímetros que se mantiene en todo el perímetro. ¿Por qué las tapas tienen cincuenta exactos y el centro esa diferencia? Tiene que ser intencional. Habría que medir con más precisión. Necesito el calibre… creo que está en algún cajón del escritorio.

Sobre el mismo fondo hay otro cuadrado pero girado cuarenta y cinco grados, de tal forma que de la intersección de las diagonales de ambos resulte una perpendicular. Los centros coinciden. Los lados de este cuadrado más pequeño miden treinta y cinco centímetros, tres milímetros y algunas décimas. Están determinados por una varilla de madera de dos centímetros de alto por dos milímetros de espesor.

Las puertas o tapas, miden cincuenta centímetros por veinticinco. Aquí hay un factor común. Salta a la vista. El cuadrado grande de fondo, mide dos mil quinientos centímetros cuadrados (un poco más, por los misteriosos catorce milímetros excedentes); las dos alas miden exactamente la mitad: mil doscientos cincuenta.

El cuadrado central más pequeño tiene la misma superficie. La razón de los catorce milímetros de diferencia en el reborde del fondo es compensar la superficie que ocupan las varillas que forman el cuadro. Mejor hago un croquis.


La carta habla mucho de la piedra contra el agua. Habla del proceso de desgaste, de la transformación de la montaña en un pequeño pedrusco pulido a través de eones. ¿Será sólo eso? La caja contiene un testimonio del transcurso de millones de años. Un hombre dedica su vida a construir un recipiente y a recoger miles de restos de lo que fue una roca sólida, una montaña, ¿para decir qué?

Raquel se ocupó de la medición de la caja. Tomó decenas de fotos. Hizo un plano. Pero no creo que sea lo más importante. Intuyo que lo importante son los guijarros. La caja actúa atrayendo la atención como el envoltorio de un chocolate, pero lo que vale es el contenido. No son iguales. Son muy parecidos en tamaño y color pero son irregulares. Algunos son redondos, otros oblongos, algunos presentan una forma arriñonada. No son parejos. Todos, eso sí, son biconvexos. Las típicas piedritas que se encuentran en las orillas de los ríos.

-Son las piedras -digo con aire de triunfo.

-Es la caja -replica Raquel-. Mantiene ciertas proporciones. Aunque me gustaría hacer analizar la madera y el lustre. Se trata de algo muy especial.

-¿Qué querés decir?

-Los dos rectángulos de las tapas, el cuadrado grande y el más chico, tomando medidas libres, de adentro a adentro de los bordes, quiero decir, tienen la misma superficie: mil doscientos cincuenta centímetros cuadrados. Comprobé diferencias milimétricas en los bordes para compensar el espesor del borde de éste último.

-Interesante –musité. Ella siguió:

-Todo es intencional. Mil doscientos cincuenta es un número muy sugestivo. Consulté en Internet y tendrías que ver todo lo que la numerología tiene que decir al respecto. Ni hablar del ocho, que es el resultado de la suma de 1+2+5+0. Es el primer número cúbico: 2x2x2; perfección, equilibrio. En fin, te la hago corta, Buda, I-ching y qué sé yo... Todo esto sin hablar del cero: nada, eternidad, el infinito y tanto más. Hice un croquis.


La carta repite lo del desgaste a través del tiempo. Hay abundantes referencias a este asunto de la piedra y el agua. Mirá, aquí dice: La esencia implacable del líquido que después de millones de años de fluir roma el filo del guijarro y lo transforma en canto rodado.

-Tomemos unos mates -propuso Raquel. Acepté. Fui a la cocina a disponer las cosas. Cebé unos pocos mientras me consumía la impaciencia por volver a tratar de resolver el enigma. Raquel se había detenido en el cerrojo emitiendo pequeñas exclamaciones de sorpresa y admiración.

Ella estaba haciendo un buen trabajo. En cambio yo, daba vueltas con la carta y no había sacado nada en limpio. Tenía que dedicarme a las piedras. De algo estaba seguro: si todo quedara reducido a un mensaje oculto en la numerología de la caja, esta no habría contenido las piedras.

Coloqué la lámpara del escritorio en el piso, junto al montoncito de rocalla. Termo, mate, cenicero, cigarrillos y paciencia. Salvo esto último, lo demás estaba todo. No sabía por dónde empezar. Hubiera querido ser metódico como Raquel. Pensé que sería un buen comienzo saber qué cantidad había.

Comencé por hacer grupos de diez y juntarlas de a cien luego de un recuento. Era una tarea descabellada pero no se me ocurría otra cosa. Traté de mantener la concentración. Conté las primeras quinientas. Hice un alto, fui hasta la cocina, di una vuelta por el departamento, fumé y retorné al trabajo.

Esta vez miré la hora al empezar. Las segundas quinientas llevaron cerca de veinte minutos. No era tan grave. Lo peor era el miedo a que se escapara alguna de más o de menos, así que contaba los montones de diez, tres y cuatro veces.

Llevaba mil quinientas apartadas en tres pilas cuando empecé a demorarme con cada una. Se diluyó la impaciencia. Entré en un estado de contemplación. Ahora miraba cada piedra. Las tomaba de a una, las ponía contra la luz y luego debajo. Las blancas brillaban más que las otras. Había algunas negras que tenían una superficie mate y parecían más pesadas. Otras tenían una pincelada de rojo o marrón o verde. Cuarzo, manganeso, hierro, cobre, azufre. Imaginaba el sol calcinando la montaña, la piedra acumulando el calor y luego la helada. Así un millón de días, un millón de años hasta que se quiebra la roca y cae al río que no cesa de correr.

-¡Esto es extraordinario! –dice Raquel excitada. –Observá los ángulos del reborde, la perfección de los ingletes, el malletado. Estas alas de mariposa que conforman las trabas del cerrojo, al cerrar, forman el símbolo del yin y el yang…

Traté de demostrar interés, pero lo único que quería era seguir con lo mío. Raquel se molestó pero, al igual que yo con mis piedras, buscaba un pretexto para volver a la caja.

-No te interesa nada de lo que digo –protestó-. Bueno, cada uno a lo suyo.

Retorné a mi labor con las cuentas. Hice lo posible por mantenerme firme en armar los montones de a diez, de a cien, de a quinientos. Logré progresar y adquirí cierto ritmo. Una y otra vez tuve que hacer un esfuerzo para no demorarme en alguna que llamaba mi atención.

Cuarzo, agua, tiempo. Percibía. Iba adquiriendo la percepción de un mundo mas allá del mundo de lo que acontece. Tratar de concebir esa magnitud de tiempo hacía que perdiera la noción del mismo. No había lugar para el tiempo en aquella simbiosis agua piedra. No hay devenir. Lo que al principio aparecía como una lucha entre dos contendientes terminaba mostrándose como una unidad. Mis manos iban y venían lentas, morosas, apartando y agrupando, apartando y agrupando.

No hay tiempo para el agua que siempre retorna a sus fuentes como no hay tiempo para la montaña que se desgaja raja parte quiebra y cae sin dolor, sin momento, sin dimensión y pierde la forma pero no la esencia. Apuro la cuenta; quiero terminar la tarea para volver a ella deteniéndome pieza por pieza. Quiero reconocerlas una por una.

Cuando Raquel llamó a comer estaba haciendo el recuento final. Siete grupos de quinientas, dos de cien y cinco de diez. Tres mil setecientos cincuenta. Volví a sentir el llamado desde la cocina y me incorporé.

-Ya voy -grité. Moví las piernas para desentumecerlas. En ese instante lo único que quería era seguir, pero Raquel llamó por tercera vez.

Mientras comíamos unos sándwiches, habló del croquis que había levantado y se explayó en la confirmación de que las cuatro superficies eran idénticas.

-Las piedras son tres mil setecientos cincuenta -informé.

-¿Cómo…? ¡Estaba segura de que iban a ser cinco mil!

-¿Por qué? ¿De dónde…?

-Una por cada centímetro de superficie. Eso pensé. Algo divisible por cuatro…

-No va por ahí la cosa. Estamos tratando de entender esto a partir de preconceptos. No va por ahí. Mientras las contaba algo pasó por mi cabeza, no una idea, algo que vino no sé de dónde, algo que me tomó por sorpresa. Dejemos de medir, contar y calcular. Así no vamos a llegar a nada. No te dejes ganar por tu formación de ingeniero.

-De acuerdo, dejemos mi formación. ¿Qué proponés? -el tono sonó agresivo.

-Nada. No propongo nada. Tomémonos un tiempito para distraernos.

-Tengo turno en la peluquería -dijo- después voy a ir a ver a mamá.

-Me parece bien. Tal vez aproveche para caminar un rato.


Menos mal que se me ocurrió lo de la peluquería. Casi nos peleamos. Estamos con los nervios de punta por culpa de esta caja. Mejor sería llevarla a la baulera y se acabó. No creo que salga a caminar, no me engaña. Ni siquiera miró el croquis. Está en otro mundo.

Yo también. No hacemos más que pensar en la caja. Como si tuviéramos un problema. No sé qué nos pasa. Quería explicarle lo del ocho y el cero. El infinito y la nada. El caduceo. La lemniscata, la curva que representa el infinito, Möbius… hay tantas cosas en esa caja que son intencionales. No hay nada que esté hecho por casualidad. Nada. Pero él está con sus piedras. Estaba segura de que iban a ser cinco mil. Pienso que voy a tener que insistir con los números… buscar más información. Revisar las piedras, medirlas, pesarlas, ver su composición. No puede ser que nada tenga sentido.


Agradecí que Raquel se fuera para evitar una discusión. Vuelvo a lo mío. Pongo la lámpara sobre la mesa. Tomo la toalla y vuelco las piedras en el cuadrado central. Las emparejo con las manos para que queden como estaban cuando levanté las tapas por primera vez. Elijo una al azar y la coloco sobre la palma de la mano.

La miro. No puedo apartar los ojos. Es blanca, cruzada por una mancha rojiza, como una veta. Es oblonga. Casi no siento el peso. Sosteniéndola con dos dedos la miro a contraluz. Siento un ramalazo, un choque de corriente en mi mente. Una sombra. La llevo hacia la derecha y la coloco sobre la onda de color más parecido.

Sigo con otra. La segunda. Negro mate. Absoluta, rotunda. Creo que es más pesada. También a esta la llevo hacia el ala derecha. La dejo abajo, contra el reborde, donde está la banda oscura. Estoy tranquilo. No hay pensamientos; solo colores formas texturas.

Es tan simple, tan perfecto. Ahora cada cuenta va encontrando su lugar. Izquierda, derecha. Las blancas puras quedan. Tienen que quedar porque el cuadro grande tiene el fondo blanco. Una a una las voy moviendo. No busco un sitio preciso. No importa otra cosa que buscar la coloración. Concentrarme. Correspondencia del color.

Ciclo de mil eternidades. Vastedad. El agua fluye. Pule las aristas. Otras montañas caerán detrás de las que cayeron; otras emergerán de millones de magmas y mil soles levantarán las aguas y mil vientos las arrojarán contra las cumbres para que vuelvan a fluir.

Ya están cubiertos los laterales. Ahora sigue el cuadrado pequeño. Contiene sólo piedras blancas. Las tomo y muevo hacia afuera, hacia el de fondo blanco. Trabajo concentrado, no hay tensión, observo cada guijarro. Algunos son traspasados por la luz. Parece que irradiaran. Uno a uno. Dispongo de infinitas eternidades para cada uno de ellos.

Va quedando a la vista el azul del cuadro central. Primero los rincones. Azul claro, azul agua. Voy una tras otra siguiendo la tonalidad cada vez más oscura. Calculado a la perfección. Sigo. Piedra por piedra. Levanto la última. La dejo junto a las otras.

Miro el centro añil. El azul gira. No puedo apartar la mirada. Ya no distingo formas. Contemplo una cavidad. Como si hubiera dado vuelta los ojos hacia adentro. Es el interior de mi cuerpo vacío. No soy. Es mi interior y lo veo como un vacío profundo. Pero no hay adentro ni afuera. Percibo algo como una luz, haces de luz que inciden desde algún lugar pero, sin objetos que reflejen, se pierden, pasan.

Experimento una sensación de estar en movimiento aunque no hay dirección. No hay puntos cardinales, no hay arriba ni abajo. Se trata de otra clase de movimiento. Floto en el vacío, me expando. Percibo, con una nueva visión que no utiliza los ojos: conozco, no veo. Conozco un número ocho de cuarzo. Brilla en el vacío. Viene hacia mí. Se detiene. Gira y se desdobla. Se abre y transforma en un círculo, un cero. El círculo se tiñe de un azul profundo azul vertiginosamente azul. Fluyo a través del cero brillante, me diluyo en azul.

Conozco inmensidad y ríos y mares que cruzan la nada. Sé de cada gota y del desgarrarse por la pérdida de la tensión superficial. No hay ruidos. Subo hacia mil horizontes. Todavía queda un remanente de añoranza de los sentidos desorientados sin receptores ni procesos. Todo evanesce.

Siento la vacuidad vivificante de la inmensidad, me expando, me integro, no soy aire, no soy nube, no soy luz. Mi nombre es desleído. Centro y confín me disperso y mezclo como otras entidades que ya no son, seres ignotos, tal vez cárnicos, minerales, vegetales de los que nunca guardé memoria. Entra el espacio en los intersticios. Disgregados, no somos átomo electrones fotones partículas en permanente expansión.

No hay destino, no hay rumbo, no hay tiempo, no hay espacio, solo los latidos que divergen y convergen a partir de ejes que se multiplican.


No está. ¿Dónde habrá ido? Estuvo jugando a acomodar las piedras en la caja. Así que era un juego nomás. Qué raro, dejó un cigarrillo encendido en el cenicero. Ese cuadrado central con esos círculos azules es hermoso. Produce vértigo.

¿Qué pasa? Una fuerza…algo me atrae… me empuja a tener estas piedritas entre mis dedos... mezclarlas y ponerlas en el medio. Son tan suaves, tan livianas y viejas. Hacen ruido de arroyo.

Esta casi no tiene peso, es transparente… trae ríos, montañas. Agua y tiempo romando, puliendo… pareciera que es ella, la que lleva mi mano a colocarla sobre la onda de color que la espera.


© Orlando Espósito 2012
















miércoles, 10 de abril de 2013

Dos momentos


Miro hacia atrás. Contemplo el camino que sube dando vueltas desde tan lejos, que parece no tener origen ni destino. Guardo un recuerdo imperfecto de sitios por los que pasé, perdidos en la bruma de los años. Hacia adelante, percibo bancos de niebla como si la senda discurriera entre marismas y ciénagas. Musgo, insectos, olor de materia vegetal en descomposición.

Deambulé por planicies donde el sol reverbera sobre el asfalto y el calor hace danzar el aire ondulando el horizonte. No encuentro en la memoria huellas de sed, rastros de labios cuarteados ni ese regusto salobre en la boca de aquel que está condenado por la falta de agua. Hubo desiertos que estoy seguro de haber atravesado. No conservo imágenes, mi mente no lucubra escenas de arenas incandescentes. Sin embargo, sé de largas caminatas en las que sólo veía mis pisadas y tal vez, el rastro sinuoso de algún crótalo.

Puedo, sí, ver vados torrentosos, ríos que atraviesan el camino con su caudal de un millón de años arrastrando todo a su paso. Crucé por allí. Perdí mi mochila en el torrente o en remolinos emboscados en aguas que parecían mansas. No sé qué llevaba.

Distingo una zona oscura donde la vida y el sonido están ausentes, región donde el ser se desgarra en jirones o estalla sin ruido. Sé que ocurrió, aunque no advierto restos ni fragmentos. Sé que estuve en ese lugar y perdí el alma.

Tengo presente el camino mientras vacilo sobre la cornisa. Estuve asomado al abismo del que brotan los gemidos de los que no fueron, de los que no pudieron. Caminé por ese borde. Trastabillé dominado por el terror. Caí. Sigo cayendo aún, porque nunca llegué al fondo.

Vengo de cruzar el pantano donde permanecer inmóvil es seguir vivo y moverse es terminar siendo la presa en las fauces del predador. Fui pececillo y biguá, liebre y zorro. Sentí cómo se quebraba mi espinazo con el experto golpe de pico de la garza; sentí cómo cedían los cartílagos entre mis fauces, la selva bajo la lluvia, el amarillo de los trigales de las plantaciones hechas por el hombre. Y el sudor y la música y la risa.

Hubo algunos que ofrecieron un sorbo de agua. Los que señalaron un sitio para que hiciera un alto a la sombra de un árbol y quienes se apretaron haciéndome un espacio junto al fuego. No tengo registro de otros gestos. Llegué aquí. Estoy. No quiero mirar hacia atrás. Los puntos de partida o de llegada nada representan.

Nos guía el azar, ¿para qué interrogarnos? Nada puede alterar cómo he arribado ni lo que he venido a ser. Nada modificará tu camino ni borrará tus cicatrices. Estás aquí. Por una fracción de segundo nos cruzamos y nos demandamos el uno al otro.

Los cielos no son los mismos.

Necesito descansar. Ansío tus mieles, el roce de tus manos borrando mis arrugas y alisando mi pelo. Quiero que soples una risa sobre mi rostro. Oír tu voz. Que me nombres. Permanecer tendido mientras veo las ramas mecidas por la brisa.

Velaré tu sueño, tu goce, tu placer. Recordaré cuánto deseaba tu presencia en cada uno de los lugares en que estuve, cómo adiviné tu rostro sin que fuera posible darte las caricias que soñaba por las noches.

Voy a recorrer tus rincones y a demorarme en el río entibiando la piel en cada playa. Tronará la tormenta alrededor de los cuerpos anudados, nos abriremos a la vida, palpitará la célula, será eterno el instante.

Ya en la calma, reclinaré mi cabeza sobre tu frescor, que cobijará mi reposo.

Un cruce de caminos; dos momentos.

sábado, 23 de marzo de 2013

Al otro lado

Abrió la puerta del baño y vio la yarará. Cerró.

Tanto calor. Meses de seca. La casa abierta para que corriera un poco de aire mientras cortaba algunos racimos del parral.

Seguramente había llegado persiguiendo a los sapos que buscaban la humedad detrás del pie del lavatorio.

Tomó un rastrillo para asestar un golpe certero. Empuñó el picaporte y tensó el cuerpo.

La imaginó al otro lado, también preparada para todo.

miércoles, 20 de marzo de 2013

Sin luz, sin sonido

Una mano mete la llave en la cerradura y la hace girar mientras la otra baja el picaporte. Son sus manos. Sólo ve los primeros planos. Reconoce la mirilla y algunas marcas en la madera. Es su casa./

Entra a una sala. Sillones Luis XVl. Uno grande doble, dos individuales, cuatro sillas. Contra la pared del fondo hay un piano. Sobre él hay un jarrón de patas de bronce y cristal azul. Nostalgia de melodías. Tiene miedo. “Aquí se cometió un crimen; algo ocurrió. Un hecho que modificó el tiempo y trastocó mi memoria”./

Sólo percibe imágenes sin sonido. Oprime la tecla para encender la araña pero no necesita de la luz para ver, sólo es un acto reflejo./

Otra puerta. Ingresa a un pasillo. No hay sonido. Acaba de dejar atrás la sala. Camina con cuidado. Trata de no hacer ruido para no perturbar ese ámbito silente. Hay peligro. Es como si viera por el visor de una cámara. Todo parece un rastro, una imagen que huye./

Poca luz. Un atisbo de luz azul. Escenas registradas en la pantalla de un telefonito. Cuando camina avanza el recuerdo.
Se adentra por el pasillo negro. Intuye que hay habitaciones sobre su izquierda. “Tendría que ir hacia atrás. ¿Qué fue lo que vi antes de dar el último paso? No sé qué ocurrió, una muerte o varias. Tendría que pasar la cinta al revés”./

“Puedo andar hacia atrás y hacia adelante, igual que si la aguja de un reloj girara en un sentido o en otro según me muevo. No tengo noción de la acción anterior. Siempre estoy detenido. Es un dato encriptado. Un archivo de imagen sin sonido. Tengo miedo. Algo pasó aquí. Esta película que estoy viendo es algo que no tendría que ver. La casa está en silencio”./


Sigue. Hay habitaciones sobre su izquierda. Sobrepasa la puerta de la primera. Siente que las suelas de los zapatos resbalan sobre un charco mucilaginoso. Se adelanta y ve la segunda, también cerrada. Vacila./

Retrocede. Marcha de espaldas. Roza la pared con la punta de los dedos hasta que toca la moldura del contramarco. Se detiene. Es la misma de antes, la que ya había visto y pasó de largo. La madera veteada brilla bajo el barniz. Es un cuarto en el que no puede entrar: el dormitorio principal. Ve la mano de un niño que baja la manija y empuja. No cede porque tiene echada la llave. Él, a punto de repetir ese gesto, se frena. Teme que se abra./

Imagen de otra imagen. Se da vuelta. Está en el comienzo del pasillo. Ve la sala desde el vano. Los sillones de estilo francés tienen una funda color claro con florcitas rojas. La ventana da a la calle pero la persiana está baja. Gira ciento ochenta grados. Urgencia, ansiedad./

Va hacia el fondo. Una más. Está entreabierta. No mira. Despacio. Repara en el silencio que lo rodea. “No hay sonido. No hay registro del ruido. Hay un soplido de fondo como si alguien hubiera borrado el audio”./

Sin luz, sin sonido. Sigue. Otra mancha viscosa. Pisa con cautela. Está oscuro. “No. No es oscuridad”. Respira agitado. Siente la espalda fría. “No es oscuridad. Veo cuadro por cuadro. No es una película. Las cosas ocurren en el espacio que ocupo, siempre es ahora, no antes o después. Sucede. Todo está sucediendo”./

La visión se altera cuando se adelanta. Los ojos muestran escenas que cambian cuando se mueve. Llega al final del corredor. Hay otra, también bloqueada. Cuidado. No sabe qué pasó. Tendría que abrir y entrar pero se detiene. Flota un olor que conoce y lo atemoriza./


Sabe que si gira el cuerpo y camina, retrocede en el tiempo. “Tal vez no sea así. Acaso ocupo distintos espacios en un presente continuo. Para saber qué ocurrió antes debería desandar los pasos dados, pero entonces perdería la noción de dónde estoy en este instante”./

Enfrenta una puerta cerrada. Haciendo ángulo, sobre su izquierda, una más. A su derecha, una boca de luz. Un vitraux. Tres hojas de hierro lo doblan en altura. Vidrios rectangulares esmerilados y otros de color caramelo forman una guarda./

No llega ninguna claridad por esa ventana interior. “Es de noche, por eso no entra luz. Veo, porque mis ojos iluminan lo que enfocan. Estoy en casa”./

Empuña el picaporte. Es la puerta que comunica los cuartos con el salón de estar y el comedor. Está oscuro. “¿Será que estoy confundido y esto sucedió antes? Continuidad interrumpida”./

Se detiene frente al hogar recubierto de granito gris sin pulir. Un chico juega con un mecano al calor del fuego./
“Estoy ante la chimenea. Acabo de abrir y me detengo. Un chico juega sobre un cuero de vaca blanco y negro. Soy yo. Reminiscencias de un olvido./

Doy unos pasos y me paro frente a la mesa del comedor. Hay un bargueño. Hay muchas sillas. Hay gente, todos me miran”.
“En este lugar debería haber voces, risas, ruido de vajilla y tintinear de vasos, pero no hay sonido. Sólo ese soplido de fondo como si hubieran borrado el archivo”./

Le quedan cinco instantes. Ve una mano que empuña un arma./

5. Una llamarada./

4. Siente el golpe del plomo./

3. Otra llamarada./

2. Siente otro golpe./

1. Ahora recuerda./

Fin