miércoles, 30 de enero de 2013

Un poco de calor



    
            Wisa llegó enojado porque Sami estaba haciendo sonar el erke antes de que terminara el verano. Bajó de la cumbre  y dijo que eso a la Pacha no le gustaba, que traería desgracia y que por su culpa cuando viniera el invierno los iba a tapar la nieve y la pasarían mal. Pero él encogió los hombros y lo único que hizo fue embutir un cuero en la trompa para apagar el sonido y adentrándose en los cerros siguió tocando a su antojo.
            Así que Wisa regresó al día siguiente hecho una furia  por esa desobediencia. Como él no estaba, fue ella la que terminó recibiendo el reto. Alzando la voz le dijo: No puede hacerlo sonar ahora, va a traer frío y hambre. Estaban pasando cosas muy malas y era preciso andarse con cuidado. Habían llegado otros dioses al Tahuantinsuyu venidos del mar en grandes canoas, servidos por hombres con pelo en la cara que montaban animales extraños.
            Ella esperó que regresara, le sirvió la comida y después le pidió que terminara con eso y que devolviera el erke. Él no la escuchó. Quispe se lo había prestado para que practicara  hasta que todos pudieran escucharlo desde lejos y supieran que era él, Sami,  quién lo hacía sonar y seguiría haciéndolo por más que rabiara el viejo.
            Unos días más tarde partió. La dejó  cuidando el camino y los hijos. Lo vio marcharse bordeando el cerro hacia lo de Quispe, arriando los animales cargados de cueros. Pasaron los días. Sopló el viento, trajo las nubes y vino la lluvia, empezó a nevar con la luna nueva y siguió sin parar durante cinco días.

            Ella está sola y habla con la montaña.  Me dejó sin leña,  sin comida, tarda en volver y todo lo que queda son unas papas, unos puñados de maíz y grasa de llama. Creyó que  la suerte le iba a durar para siempre pero trajo la desgracia. Se fue con calor y ahora vino este frío. Si no vuelve pronto vamos a morir los tres.
            Y le susurra a los cerros: La pequeña Chami está mal. Apenas si se mueve. Duerme día y noche. Ya está aflojando, pobre mi niña.  Achiq es más fuerte, como todo varón aguanta más. Ayer comió un poco de papas con chicharrones. Chami ni las probó.
            Mira el erke apoyado contra la pared. Piensa en usarlo para avivar el fuego y que entibie un poco la pieza. Aunque sabe que nadie la escucha habla a los hijos, a la montaña, a la nieve. Le avisé que iba a nevar. Él miró las nubes, encogió los hombros, dijo que todavía era época de viento y que iba a estar pronto de regreso.   
            Sigue nevando.  Hace tiempo que dejaron de pasar los chasquis por el camino. Echa en el fogón la última bosta que trajo del corral y el mango de la azada. Se acurrucan los tres bajo las mantas y pieles. El frío entra igual y Chami tiembla. Está caliente y tiembla. Se le escapa el calor del cuerpo. Arde.
            La noche es larga, dura. El viento chifla, se filtra por entre las piedras, agita el humo, hace saltar chispas. No afloja, no amaina. Hurga por los rincones, busca. Busca a los niños y los sacude para desprender la carne, quiere llevarse las vidas.
            Habla con el cóndor: Apenas quedan rescoldos, Sami estará muerto y nosotros pronto vamos a morir por culpa de esto. Se yergue y toma la caña del erke. Es larga y pesada. La levanta con los brazos abiertos y arrebatada, mientras brama un alarido, la parte al medio de un golpazo contra el muslo. Grita y golpea una y otra vez rompiéndola en trozos que arroja sobre las brasas. Sopla para avivar la llama.
            Quiere acercar a Chami al fuego pero está fría, ya no tiembla. Los dos están quietos. Los tapa con lo que puede, aunque comprende que están dormidos para siempre.
            No sabe cómo prepararlos ni cómo devolverlos a la Pacha. Wisa sí que sabe, pero está lejos y no va a venir.  Piensa que tiene que arroparlos y ponerles algo para que coman y no pasen hambre. Los envuelve con lo que tiene y canturrea como hacía antes cuando quería que se durmieran.
            Está amaneciendo. Levanta a la hija; no pesa. La alza y la aprieta contra su cuerpo. La lleva fuera de la casa y la ubica mirando hacia donde sale el sol. Entra a buscar a Achiq. Lo pone al lado de su hermana. Ruega a Inti que les dé calor. Siente que están juntos como tiene que ser. Ya no cae nieve. Les tapa los piecitos.     A su lado coloca un cuenco con papas y otro con un puñado de maíz.
             Se sienta junto a ellos. Todo está blanco. Abajo, lejos en la cañada, ve una mancha oscura que se mueve. Parecen animales grandes, enormes. Son muchos. Suben por el camino.  El reflejo de un rayo de sol le hiere los ojos. Nunca antes había visto el relumbrar del acero.