lunes, 13 de mayo de 2013

La caja

Recibí un paquete remitido desde Río Negro por un tal Domingo Antilef, un desconocido. Era pesado. Corté el hilo y desplegué la capa exterior de cartón corrugado. Lo primero que vi fue un sobre con mi nombre manuscrito. El resto tenía un segundo envoltorio de papel madera. Lo dejé para después. Abrí la carta.

La había escrito mi padre. La primera señal de vida que recibía desde que desapareció. La letra vacilante se extendía a lo largo de tres hojas plagadas de anfractuosidades y tachaduras.

“Querido hijo:
No sé si recibirás esto. ¿Seguís viviendo en la misma casa? No sabemos nada del otro, ni vos ni yo. Hace doce años que te abandoné físicamente. Antes, lo había hecho mi espíritu. Entonces tenías veintidós. No sé cuántos mas habrán pasado cuando recibas esta. Cerraré el sobre y me cuidaré de embalar este obsequio para que no sufra daño alguno. Luego lo entregaré a mi vecino Domingo Antilef, con instrucciones para que una vez que ocurra mi muerte, vaya a la oficina de correos de Valcheta, el pueblo más cercano y lo despache”.

Comparé la fecha de la carta con la de la encomienda y descubrí que había cuatro años de diferencia entre una y otra. Me aferró un espasmo de angustia.

“No estoy enfermo. Mi cuerpo está viejo, eso es todo. No sé cuándo voy a morir. Esta caja contiene todo lo que aprendí, que es todo lo que tengo. La hice con mis manos. Cada una de las piedras que contiene fue buscada y seleccionada en orillas de arroyos y ríos en donde pasé lo mejor de mi vida.

Recuerdo el miedo y el dolor reflejados en tu cara el día que te di un abrazo y me marché, tres años después de la muerte de tu madre. Es fácil perder el camino. ¿Quién sabe cuál es? Si hubiera seguido trabajando en mi consultorio ¿alguien podría asegurar que no lo habría perdido? ¿Vivir es estar sujeto, apegado?”

Leer aquello abría la herida cauterizada a hierro y fuego. Pero del pozo seco de un dolor no brotan lágrimas. No podía llorar.

“El mismo día de mi partida llegué de un tirón a la Pampa de Achala, sobre el camino de las Altas Cumbres, en Córdoba. Allí armé la carpa, cerca de un hilo de agua que corría entre las rocas. Permanecí en la zona unos dos años. Pero volvió a ganarme la inquietud y fui moviéndome hasta recalar en un rancho abandonado en la Cuesta de Miranda, en La Rioja.

Cerca vivía una “laikka”, una hechicera diaguita. Hablamos. Formamos pareja. Pronto me convenció de continuar mi viaje. ”Tenés que buscar tu lugar”, decía Thika, así se llama, todavía sigue conmigo. Iniciamos el camino rumbo al Sur. Sin tiempo ni destino.

Marchamos durante años. Pasamos un invierno en Pilquiniyeu del Limay. Después cruzamos la meseta de Somuncurá hasta llegar a Chipauquil, donde el agua brota de las rocas y alimenta mil arroyos.

Allí mi vecino Antilef me bautizó “Nampëlkafe”, mi nombre mapuche. Ese fue el fin del camino. No podría decir porqué.

Desde el inicio del viaje comencé a pensar en la caja. Pensé en la forma que le daría, en la madera -los listones son de chañar y piquillín-, elegí cada uno de los guijarros. Un viejo me enseñó a darle el lustre con bayas machacadas…”

Madera, piedra ¿qué es esto? Dejé la carta a un lado, despegué las cintas y abrí el papel.

Quedó a la vista. Era cuadrada. Los tableros armados con listones intercalados amarillos y rojos. Pocos centímetros de altura. La parte superior compuesta por dos tapas trabadas por un cerrojo cuyo mecanismo me costó descubrir.

Retiré cartones y otros restos del envoltorio dejando la mesa libre. La caja reflejaba la luz proveniente de la ventana con un brillo mate. ¿Emoción, miedo, ansiedad? No sé qué esperaba encontrar; se trataba de un legado, algo que había llegado a mí por voluntad de otro.

Abrí. Levanté las dos tapas, primero una luego la otra, hasta que quedaron apoyadas sobre la mesa, volcadas una a cada costado. Al abrirla, las tres partes mostraban un reborde parejo de un par de centímetros de alto. El interior estaba repleto de canto rodado. Pequeñas piedras lenticulares, algunas casi transparentes, otras negras, densas, pulidas. Tendrían dos milímetros de espesor en el centro y un centímetro o poco más de largo. A simple vista, daban la impresión de tener el mismo tamaño. “Elegí cada uno…”

Tal vez fueran miles. Sólo verlas generaba extrañeza. Silentes, inmóviles, parecía que permanecieran a la espera de algún acontecimiento. Pasé la palma de mi mano por encima, un gesto instintivo. Emitieron un sonido seco, un murmullo.

Noté una forma en el centro del tablero, apenas disimulada por la grava. Aparté con los dedos las piedritas dejando a la vista otro cuadrado.

Corrí a buscar una toalla y volqué el contenido de la caja en ella. Luego volví a ponerla sobre la mesa. Ahora veía con claridad el conjunto: un ala a cada costado de un cuadrado central y, en el centro, girado a cuarenta y cinco grados, otro más chico. Todos enmarcados por un reborde regular de madera.

El interior del ala que vuelca hacia la izquierda está coloreado de verde, el otro muestra ondas de varias tonalidades que van del negro al blanco pasando por marrón, ocre, gris. La base más grande tiene una coloración tiza. El cuadro central, un azul francia pintado de tal forma que los trazos insinúan una circunferencia. El color vira formando círculos concéntricos, y va oscureciéndose a medida que se acerca hacia el centro hasta dar un añil profundo.


Ruido en la cerradura. Se abre la puerta. Es Raquel. Se detiene sin cerrar, parada con la mano aún en el picaporte, tomada por sorpresa al ver los cartones y papeles tirados en el piso, la toalla con el montoncito de piedras. Exclama:

-¿Qué pasa?

-No sé qué pasa, recibí esto de mi padre. No sé qué es.

-¡De tu padre! ¿Cómo que recibiste eso de tu padre? ¿Apareció?

Expliqué como pude lo que había ocurrido a lo largo de aquel día, mientras ella estaba en el estudio. Le entregué la carta. Dejó la cartera sobre la mesa. Comenzó a leer con un rictus de enojo. Pronto estaba sentada sobre el borde de una silla. Cada tanto, interrumpía la lectura y miraba la caja, los papeles y las piedras.

-¡Qué raro!

-Sí. Muy raro. No puedo entender qué es ni para qué lo mandó… ¿Para qué tomarse semejante trabajo?

Se acercó. Se arrodilló junto a la mesa. Recorrió los bordes de la caja con las puntas de los dedos deteniéndose en los detalles, probando a girar unas perillas que tenía el cerrojo para abrir y cerrar las tapas.

-Es perfecta -dijo-. Nunca vi nada igual. Es el trabajo de un ebanista. Mirá este cierre, cuando abre parecen las alas de una mariposa.

-Era dentista. Tenía habilidad manual y era minucioso.

-Sí. Y al parecer tuvo todo el tiempo que quiso para terminarlo.

-En la carta dice que comenzó a pensar en construirla mientras caminaba.

-Eso llama la atención: que diga que pensó mucho en cómo hacerla, pero no para qué la hizo.

“Pasé la vida dedicado a fabricar esta caja. Otros pasan la suya vendiendo zapatos, arreglando muelas o trabajando en un banco…”

Quedamos callados contemplando ese artefacto que había irrumpido en nuestras vidas. Se había hecho de noche. Propuse que fuéramos a comer a un restorán cercano. Caminamos las tres cuadras sin decir palabra. Atrás, en casa, había quedado la sala de estar invadida por el caos. Papeles tirados, las piedras, la caja y la desagradable sensación de que nuestra tranquilidad había sido quebrada.

La cena no alivió nuestro ánimo. Cuando el mozo trajo los cafés Raquel dijo:

-Lo primero que voy a hacer, por mi parte, es dedicarme a ver cómo está construida, las medidas, las técnicas utilizadas, los materiales. A lo mejor, descubrimos algún significado que se nos escapa ahora. Aprovechemos que viene el fin de semana.

-Bien, parece buena idea. Mañana voy a releerla con detenimiento. Ya veremos.

-Tal vez no sea más que un juego. Algo tomado de los mapuches o de otro pueblo.

-Tal vez, sí. Pero no creo que se trate de un juego. Para nada.


¡Qué mal dormí! La noche entera soñando con la caja. Es como un backgammon. Me preocupa verlo a él desbordado. No es para menos: años sin noticias, dándolo por muerto y de golpe, de la nada se le aparece de esta forma. No sé qué es peor, si la caja o la carta. La carta es la voz de un muerto. Lo que fuera, es pesado… demasiado pesado. No hay obligación de dedicarse a ello, ninguna, pero no podemos evitar la curiosidad.

Algo así tiene que haber sido hecho con intención. Nadie se toma ese trabajo de años para guardar unas piedras. Creo que eso es lo que nos está obsesionando. Es evidente que hay una intención. Nos obsesiona la posibilidad de que sea un acertijo que oculte un mensaje. Mandarla así, después de muerto. ¡Flor de hijo de puta!

Difícil que se trate de un juego. Es muy complicado para ser un juego. Necesito tomar un café negro. Después me pongo a trabajar.

Empecemos por medirla. Todo es especial. Las tapas cierran tan justo que no entra una hoja de papel. Es casi hermética. Anoche, poniéndola cerrada contra la lámpara no se filtraba luz por los bordes, nada.

Los tableros están hechos alternando listones encolados de diferente madera. Mide cincuenta y dos por cincuenta y dos centímetros y seis de alto. Es necesario abrir primero la tapa de la derecha y luego la de la izquierda, porque ambas tienen el canto rebajado en sentido contrario para que cierren bien. Las tapas y el fondo tienen un reborde de dos centímetros. Al abrirlas, giran sobre unas bisagras tipo piano y quedan a la misma altura que el fondo cuadrado. El fondo libre mide cincuenta centímetros con catorce milímetros por lado. Llama la atención este rebaje de catorce milímetros que se mantiene en todo el perímetro. ¿Por qué las tapas tienen cincuenta exactos y el centro esa diferencia? Tiene que ser intencional. Habría que medir con más precisión. Necesito el calibre… creo que está en algún cajón del escritorio.

Sobre el mismo fondo hay otro cuadrado pero girado cuarenta y cinco grados, de tal forma que de la intersección de las diagonales de ambos resulte una perpendicular. Los centros coinciden. Los lados de este cuadrado más pequeño miden treinta y cinco centímetros, tres milímetros y algunas décimas. Están determinados por una varilla de madera de dos centímetros de alto por dos milímetros de espesor.

Las puertas o tapas, miden cincuenta centímetros por veinticinco. Aquí hay un factor común. Salta a la vista. El cuadrado grande de fondo, mide dos mil quinientos centímetros cuadrados (un poco más, por los misteriosos catorce milímetros excedentes); las dos alas miden exactamente la mitad: mil doscientos cincuenta.

El cuadrado central más pequeño tiene la misma superficie. La razón de los catorce milímetros de diferencia en el reborde del fondo es compensar la superficie que ocupan las varillas que forman el cuadro. Mejor hago un croquis.


La carta habla mucho de la piedra contra el agua. Habla del proceso de desgaste, de la transformación de la montaña en un pequeño pedrusco pulido a través de eones. ¿Será sólo eso? La caja contiene un testimonio del transcurso de millones de años. Un hombre dedica su vida a construir un recipiente y a recoger miles de restos de lo que fue una roca sólida, una montaña, ¿para decir qué?

Raquel se ocupó de la medición de la caja. Tomó decenas de fotos. Hizo un plano. Pero no creo que sea lo más importante. Intuyo que lo importante son los guijarros. La caja actúa atrayendo la atención como el envoltorio de un chocolate, pero lo que vale es el contenido. No son iguales. Son muy parecidos en tamaño y color pero son irregulares. Algunos son redondos, otros oblongos, algunos presentan una forma arriñonada. No son parejos. Todos, eso sí, son biconvexos. Las típicas piedritas que se encuentran en las orillas de los ríos.

-Son las piedras -digo con aire de triunfo.

-Es la caja -replica Raquel-. Mantiene ciertas proporciones. Aunque me gustaría hacer analizar la madera y el lustre. Se trata de algo muy especial.

-¿Qué querés decir?

-Los dos rectángulos de las tapas, el cuadrado grande y el más chico, tomando medidas libres, de adentro a adentro de los bordes, quiero decir, tienen la misma superficie: mil doscientos cincuenta centímetros cuadrados. Comprobé diferencias milimétricas en los bordes para compensar el espesor del borde de éste último.

-Interesante –musité. Ella siguió:

-Todo es intencional. Mil doscientos cincuenta es un número muy sugestivo. Consulté en Internet y tendrías que ver todo lo que la numerología tiene que decir al respecto. Ni hablar del ocho, que es el resultado de la suma de 1+2+5+0. Es el primer número cúbico: 2x2x2; perfección, equilibrio. En fin, te la hago corta, Buda, I-ching y qué sé yo... Todo esto sin hablar del cero: nada, eternidad, el infinito y tanto más. Hice un croquis.


La carta repite lo del desgaste a través del tiempo. Hay abundantes referencias a este asunto de la piedra y el agua. Mirá, aquí dice: La esencia implacable del líquido que después de millones de años de fluir roma el filo del guijarro y lo transforma en canto rodado.

-Tomemos unos mates -propuso Raquel. Acepté. Fui a la cocina a disponer las cosas. Cebé unos pocos mientras me consumía la impaciencia por volver a tratar de resolver el enigma. Raquel se había detenido en el cerrojo emitiendo pequeñas exclamaciones de sorpresa y admiración.

Ella estaba haciendo un buen trabajo. En cambio yo, daba vueltas con la carta y no había sacado nada en limpio. Tenía que dedicarme a las piedras. De algo estaba seguro: si todo quedara reducido a un mensaje oculto en la numerología de la caja, esta no habría contenido las piedras.

Coloqué la lámpara del escritorio en el piso, junto al montoncito de rocalla. Termo, mate, cenicero, cigarrillos y paciencia. Salvo esto último, lo demás estaba todo. No sabía por dónde empezar. Hubiera querido ser metódico como Raquel. Pensé que sería un buen comienzo saber qué cantidad había.

Comencé por hacer grupos de diez y juntarlas de a cien luego de un recuento. Era una tarea descabellada pero no se me ocurría otra cosa. Traté de mantener la concentración. Conté las primeras quinientas. Hice un alto, fui hasta la cocina, di una vuelta por el departamento, fumé y retorné al trabajo.

Esta vez miré la hora al empezar. Las segundas quinientas llevaron cerca de veinte minutos. No era tan grave. Lo peor era el miedo a que se escapara alguna de más o de menos, así que contaba los montones de diez, tres y cuatro veces.

Llevaba mil quinientas apartadas en tres pilas cuando empecé a demorarme con cada una. Se diluyó la impaciencia. Entré en un estado de contemplación. Ahora miraba cada piedra. Las tomaba de a una, las ponía contra la luz y luego debajo. Las blancas brillaban más que las otras. Había algunas negras que tenían una superficie mate y parecían más pesadas. Otras tenían una pincelada de rojo o marrón o verde. Cuarzo, manganeso, hierro, cobre, azufre. Imaginaba el sol calcinando la montaña, la piedra acumulando el calor y luego la helada. Así un millón de días, un millón de años hasta que se quiebra la roca y cae al río que no cesa de correr.

-¡Esto es extraordinario! –dice Raquel excitada. –Observá los ángulos del reborde, la perfección de los ingletes, el malletado. Estas alas de mariposa que conforman las trabas del cerrojo, al cerrar, forman el símbolo del yin y el yang…

Traté de demostrar interés, pero lo único que quería era seguir con lo mío. Raquel se molestó pero, al igual que yo con mis piedras, buscaba un pretexto para volver a la caja.

-No te interesa nada de lo que digo –protestó-. Bueno, cada uno a lo suyo.

Retorné a mi labor con las cuentas. Hice lo posible por mantenerme firme en armar los montones de a diez, de a cien, de a quinientos. Logré progresar y adquirí cierto ritmo. Una y otra vez tuve que hacer un esfuerzo para no demorarme en alguna que llamaba mi atención.

Cuarzo, agua, tiempo. Percibía. Iba adquiriendo la percepción de un mundo mas allá del mundo de lo que acontece. Tratar de concebir esa magnitud de tiempo hacía que perdiera la noción del mismo. No había lugar para el tiempo en aquella simbiosis agua piedra. No hay devenir. Lo que al principio aparecía como una lucha entre dos contendientes terminaba mostrándose como una unidad. Mis manos iban y venían lentas, morosas, apartando y agrupando, apartando y agrupando.

No hay tiempo para el agua que siempre retorna a sus fuentes como no hay tiempo para la montaña que se desgaja raja parte quiebra y cae sin dolor, sin momento, sin dimensión y pierde la forma pero no la esencia. Apuro la cuenta; quiero terminar la tarea para volver a ella deteniéndome pieza por pieza. Quiero reconocerlas una por una.

Cuando Raquel llamó a comer estaba haciendo el recuento final. Siete grupos de quinientas, dos de cien y cinco de diez. Tres mil setecientos cincuenta. Volví a sentir el llamado desde la cocina y me incorporé.

-Ya voy -grité. Moví las piernas para desentumecerlas. En ese instante lo único que quería era seguir, pero Raquel llamó por tercera vez.

Mientras comíamos unos sándwiches, habló del croquis que había levantado y se explayó en la confirmación de que las cuatro superficies eran idénticas.

-Las piedras son tres mil setecientos cincuenta -informé.

-¿Cómo…? ¡Estaba segura de que iban a ser cinco mil!

-¿Por qué? ¿De dónde…?

-Una por cada centímetro de superficie. Eso pensé. Algo divisible por cuatro…

-No va por ahí la cosa. Estamos tratando de entender esto a partir de preconceptos. No va por ahí. Mientras las contaba algo pasó por mi cabeza, no una idea, algo que vino no sé de dónde, algo que me tomó por sorpresa. Dejemos de medir, contar y calcular. Así no vamos a llegar a nada. No te dejes ganar por tu formación de ingeniero.

-De acuerdo, dejemos mi formación. ¿Qué proponés? -el tono sonó agresivo.

-Nada. No propongo nada. Tomémonos un tiempito para distraernos.

-Tengo turno en la peluquería -dijo- después voy a ir a ver a mamá.

-Me parece bien. Tal vez aproveche para caminar un rato.


Menos mal que se me ocurrió lo de la peluquería. Casi nos peleamos. Estamos con los nervios de punta por culpa de esta caja. Mejor sería llevarla a la baulera y se acabó. No creo que salga a caminar, no me engaña. Ni siquiera miró el croquis. Está en otro mundo.

Yo también. No hacemos más que pensar en la caja. Como si tuviéramos un problema. No sé qué nos pasa. Quería explicarle lo del ocho y el cero. El infinito y la nada. El caduceo. La lemniscata, la curva que representa el infinito, Möbius… hay tantas cosas en esa caja que son intencionales. No hay nada que esté hecho por casualidad. Nada. Pero él está con sus piedras. Estaba segura de que iban a ser cinco mil. Pienso que voy a tener que insistir con los números… buscar más información. Revisar las piedras, medirlas, pesarlas, ver su composición. No puede ser que nada tenga sentido.


Agradecí que Raquel se fuera para evitar una discusión. Vuelvo a lo mío. Pongo la lámpara sobre la mesa. Tomo la toalla y vuelco las piedras en el cuadrado central. Las emparejo con las manos para que queden como estaban cuando levanté las tapas por primera vez. Elijo una al azar y la coloco sobre la palma de la mano.

La miro. No puedo apartar los ojos. Es blanca, cruzada por una mancha rojiza, como una veta. Es oblonga. Casi no siento el peso. Sosteniéndola con dos dedos la miro a contraluz. Siento un ramalazo, un choque de corriente en mi mente. Una sombra. La llevo hacia la derecha y la coloco sobre la onda de color más parecido.

Sigo con otra. La segunda. Negro mate. Absoluta, rotunda. Creo que es más pesada. También a esta la llevo hacia el ala derecha. La dejo abajo, contra el reborde, donde está la banda oscura. Estoy tranquilo. No hay pensamientos; solo colores formas texturas.

Es tan simple, tan perfecto. Ahora cada cuenta va encontrando su lugar. Izquierda, derecha. Las blancas puras quedan. Tienen que quedar porque el cuadro grande tiene el fondo blanco. Una a una las voy moviendo. No busco un sitio preciso. No importa otra cosa que buscar la coloración. Concentrarme. Correspondencia del color.

Ciclo de mil eternidades. Vastedad. El agua fluye. Pule las aristas. Otras montañas caerán detrás de las que cayeron; otras emergerán de millones de magmas y mil soles levantarán las aguas y mil vientos las arrojarán contra las cumbres para que vuelvan a fluir.

Ya están cubiertos los laterales. Ahora sigue el cuadrado pequeño. Contiene sólo piedras blancas. Las tomo y muevo hacia afuera, hacia el de fondo blanco. Trabajo concentrado, no hay tensión, observo cada guijarro. Algunos son traspasados por la luz. Parece que irradiaran. Uno a uno. Dispongo de infinitas eternidades para cada uno de ellos.

Va quedando a la vista el azul del cuadro central. Primero los rincones. Azul claro, azul agua. Voy una tras otra siguiendo la tonalidad cada vez más oscura. Calculado a la perfección. Sigo. Piedra por piedra. Levanto la última. La dejo junto a las otras.

Miro el centro añil. El azul gira. No puedo apartar la mirada. Ya no distingo formas. Contemplo una cavidad. Como si hubiera dado vuelta los ojos hacia adentro. Es el interior de mi cuerpo vacío. No soy. Es mi interior y lo veo como un vacío profundo. Pero no hay adentro ni afuera. Percibo algo como una luz, haces de luz que inciden desde algún lugar pero, sin objetos que reflejen, se pierden, pasan.

Experimento una sensación de estar en movimiento aunque no hay dirección. No hay puntos cardinales, no hay arriba ni abajo. Se trata de otra clase de movimiento. Floto en el vacío, me expando. Percibo, con una nueva visión que no utiliza los ojos: conozco, no veo. Conozco un número ocho de cuarzo. Brilla en el vacío. Viene hacia mí. Se detiene. Gira y se desdobla. Se abre y transforma en un círculo, un cero. El círculo se tiñe de un azul profundo azul vertiginosamente azul. Fluyo a través del cero brillante, me diluyo en azul.

Conozco inmensidad y ríos y mares que cruzan la nada. Sé de cada gota y del desgarrarse por la pérdida de la tensión superficial. No hay ruidos. Subo hacia mil horizontes. Todavía queda un remanente de añoranza de los sentidos desorientados sin receptores ni procesos. Todo evanesce.

Siento la vacuidad vivificante de la inmensidad, me expando, me integro, no soy aire, no soy nube, no soy luz. Mi nombre es desleído. Centro y confín me disperso y mezclo como otras entidades que ya no son, seres ignotos, tal vez cárnicos, minerales, vegetales de los que nunca guardé memoria. Entra el espacio en los intersticios. Disgregados, no somos átomo electrones fotones partículas en permanente expansión.

No hay destino, no hay rumbo, no hay tiempo, no hay espacio, solo los latidos que divergen y convergen a partir de ejes que se multiplican.


No está. ¿Dónde habrá ido? Estuvo jugando a acomodar las piedras en la caja. Así que era un juego nomás. Qué raro, dejó un cigarrillo encendido en el cenicero. Ese cuadrado central con esos círculos azules es hermoso. Produce vértigo.

¿Qué pasa? Una fuerza…algo me atrae… me empuja a tener estas piedritas entre mis dedos... mezclarlas y ponerlas en el medio. Son tan suaves, tan livianas y viejas. Hacen ruido de arroyo.

Esta casi no tiene peso, es transparente… trae ríos, montañas. Agua y tiempo romando, puliendo… pareciera que es ella, la que lleva mi mano a colocarla sobre la onda de color que la espera.


© Orlando Espósito 2012