lunes, 17 de junio de 2013

RAWRA, EL ALMA

Llegar a Humahuaca fue ingresar a otro mundo. Un mundo del que no podría volver sin alteraciones. Ni siquiera sé si logré salir o si aún permanezco dentro de él. Rondan recuerdos, una sensación de pérdida, añoranzas de mi cuerpo impregnado por aquel silencio azul, la inmensidad del mineral y la liviandad del aire.
Decidí hacer una visita a mi amigo Juan aprovechando los días de licencia. Sabía que no iban a ser unas vacaciones normales, como las de un turista más. Conociéndolo, anticipaba que ese viaje resultaría algo fuera de lo común. No me equivoqué.

Lo reconocí una tarde mientras miraba un programa en el que entrevistaban a un grupo de artesanos del noroeste. Di un salto y encendí la computadora. Comencé a buscar en la red hasta que pude hacerme con sus datos. Luego envié un mail en el que le expresé las ganas que tenía de verlo.
Arreglar los detalles no fue fácil. Yo contestaba de inmediato sus mensajes mientras que él -como siempre-, tenía una conducta cambiante. En raras ocasiones respondía en el acto. En otras, podía llegar a retrasos de varios días. Así, tardo y remolón, llegó el momento de partir rumbo a Jujuy.

Estaba a metros de la plaza, justo donde había dicho que me esperaría. Era un hombre de algo más de treinta años, igual que yo. Nos habíamos visto por última vez cuando andábamos por los veinte. Se había dejado la barba y la coleta pero era el mismo. Por fuera, al menos.
Primero nos gritamos los nombres. Abrazos, risas. Pidió al del puesto vecino que le cuidara la mesa y nos metimos en un bar.
Mientras servían el vino nos mirábamos, nos dábamos una palmada, frotábamos las manos. Luego, diez veces otros gestos iguales, y ¿cómo estás?, qué bueno verte y así, nos fuimos soltando hasta que cedió la emoción y nos reconocimos.
Salir de las trincheras y llegar a ese punto en el que la charla se hace fácil. Largarnos a hablar de las mujeres, los libros, la revolución, el sueño de Malatesta y el nuestro. La alegría desataba la lengua. Las preguntas se cruzaban sin dar tiempo a las respuestas. La paridad. El encuentro. El interés por saber del otro. ¿Cómo iba a imaginar lo que vendría al día siguiente?
Éramos de dos mundos. De dos continentes. Como las dos orillas de un río. Él: bailarín; yo: matemático. Impulso y cálculo. Siempre había sido así. Habíamos compartido momentos bravos durante la secundaria y la universidad. Luchas de esas que sueldan las almas para siempre. La complicidad y los recuerdos fueron emergiendo.
Obligada, vino la pregunta: Y ahora, ¿en qué andás? Pero no: ¿Qué hacés o cuánto ganás? No. Era ¿Seguís firme? ¿Seguís creyendo? ¿Abandonaste? Y sí, seguíamos. No con la fuerza de la adolescencia, con menos candor, tal vez, pero con mayor certeza. Decía: hace falta un cambio de paradigma, otra moral. Yo respondía: se está dando. Y nos atropellábamos: mucho por decir; nada por callar.
-¿Hay otros camaradas por acá? -pregunté.
-Y… -contestó-, debemos ser como tres… pero estamos divididos en cuatro facciones, ¡ja, ja! Dejamos el bar. Necesitábamos espacio. Enrolló la manta en la que estaban abrochadas pulseras y collares, plegó la mesa y me la alcanzó para que la llevara.
Nos fuimos de la feria. Íbamos subiendo, saliendo de la plaza. En una esquina dos changos con guitarra y caja le gritaron: ¡Dale, Juan, dale! Mientras soltaban los primeros compases de un escondido.
Y le dio. Le dio sin dejar la manta con las artesanías. Tomó de la mano a una mujer que se dejó llevar. Giraron, con una gracia sorprendente que hacía parecer que flotaban, como si fueran más livianos que uno.
Hubo quienes comenzaron a darle a las palmas. Otros se largaron a bailar. Ya no tuve duda, era él que contagiaba, que lo levantaba a uno en vilo como un torbellino de alegría. Juan, el bailarín.
Hizo una última figura, agradeció los aplausos, saludó y seguimos nuestro camino. Fuimos repechando, alejándonos del centro, hasta que llegamos a una casa de adobe que tenía el techo derrumbado sobre un costado y una ventana tapiada con una chapa. Recorrimos un pasillo hasta trasponer una puerta que daba al patio trasero.
-Es lo que hay -dijo.
-Suficiente -contesté.
-Dejemos las cosas. Vayamos a comprar algo para comer y tomar.
De regreso, ya instalados, sobre una tabla cortamos queso de cabra, salame de llama y chivo y pan casero. Dispusimos en un recipiente aceitunas negras y porotos pallares picantes. Lavé unos vasos que había dentro de la pileta. Luego, nos dedicamos. Decía mi padre: El pan entre hermanos es el mejor manjar. Y algo de cierto hay en esas palabras. Comer en silencio, percibir el estallido de los sabores, los matices, la untuosidad del queso y la miga que limpia y prepara el paladar para otro bocado.
-Mañana salimos temprano. Me esperan para bailar en la fiesta del fin de la cosecha.
-¿Queda lejos?
-Es bien cerca. Acá nomás se abre un caminito.
Comimos y tomamos durante un par de horas. Después nos echamos al fresco bajo la copa de una higuera. Prendió un faso. Vi una plantación en un rincón.
-Lindas plantas… -dije.
-Sí, vienen como yuyo.
Así seguimos: despacito, conversando, dando una calada, matando la sed, dejando que goteara el tiempo, mirando cómo se oscurecía el cielo y comenzaban a brillar las estrellas.
Pasé la noche como pude, sobre un catre, temiendo que se descolgara del techo una vinchuca, tratando de no hacer caso de los ruiditos que venían del piso. Cuando abrí los ojos, él ya estaba de pie.
Tomamos unos amargos. Salimos. Rebuscó en una bolsita verde y me tendió un puñado de hojas.
-Tomá -dijo-, coquita para el camino.
Los cerros, las rocas del triásico, Pangea, los cardones que instilan en uno la sospecha de que guardan un misterio o una advertencia. Gondwana, la Pacha. Todo ahí. Tan concreto.
Dejamos la ruta. Entramos por una huella. Subir y subir, bordear la cornisa. Así hasta llegar al pueblo, un paraje de unas pocas casas y, cuando no, la capilla. Señaló una puerta que tenía un cartel que decía ARTESANÍAS.
Estábamos bajando cuando salió una mujer joven a los gritos:
-¡Juan, Juan, llegó Juan! -abrazo y palmadas y toqueteos.
-¿Cómo estás Rosita?
La morocha era pura risa. Apareció una vieja que nos miró uno por uno. Cara de desconfianza ¿y estos de dónde salieron? Pero se le escapó la sonrisa. Curtida, morena a decir basta, la cintura quebrada por un dolor de siempre. Apenas Juan la vio se soltó de los brazos de Rosita y dijo:
-¡Doña Rawra! ¿Cómo anda, mi reina?
-La reina es la que baila contigo. Sos el bailarín.
-Y vos, Rawra querida, el alma.
Volvieron a los abrazos, besos y palmadas. Los que trabajaban engalanando la plaza y la iglesita miraban y nos hacían señas. No faltaron los que gritaron algo a manera de saludo. Él replicaba agitando los brazos, soltando un ¡hola! o un ¡chango! Y yo ahí, parado sin saber qué hacer. No incómodo, para nada. Me sentía como al margen. Afuera. Hasta que se volvió y dijo:
-Este es mi amigo… ¿Qué digo, amigo? ¡Mi hermano! -Rosita se acercó y me ofreció la mejilla. Rawra vino. Me tomó por las muñecas. Clavó sus ojos en los míos. Yo quieto, un poco nervioso, dejándola que mire. De su boca sin dientes brotaba un aliento ácido con olor a coca.
-Vas a bailar conmigo -dijo.
-Nunca bailé en mi vida.
-Yo te voy a hacer bailar, perdé cuidado -retrucó.
Sacaron la mesa a la calle, bajo el reparo del alero. Alguien corrió a buscar cerveza. Unos chicos practicaban con bombos, uno de banda y otro legüero. Había otros grupos que ensayaban con quenas, sikus, violines, verduleras y guitarras. Cada uno iba por su lado pero igual resultaba grato al oído.
Varios arcos altos, de cuatro o cinco metros de ancho, construidos con palos y alambre eran revestidos con flores trenzadas y cintas de colores por las muchachas. Según los iban levantando conformaban una circunferencia frente al atrio de la capilla.
Rawra trajo unas empanadas bien picantes. Dimos dinero a unos chiquilines que se habían arrimado para que fueran a comprar de beber. Salieron corriendo a las carcajadas, contentos de prestar el servicio.
-Ya viene el ruqru(*) -dijo Rosita que entraba y salía con platos, cubiertos, cazuelas, pan y otras cosas. La mesa se fue cubriendo de objetos, comida y botellas; sensación de abundancia. Al rato trajeron un locro pulsudo, tan espeso, que clavaba la cuchara y quedaba parada. Rawra condimentó mi plato con dos medallones de una salsa roja.
-Tené cuidado, rubio –advirtió-. Que el picante no toque tus labios porque te vas a prender fuego. Abrí bien la boca-. Me miró mientras alzaba la mano para acomodar un mechón de mi pelo que, al parecer, veía fuera de lugar.
-Perdiste -dijo Juan-. Preparate porque la vieja es brava.
No escuché o no entendí qué había querido decir. Aún a la sombra hacía calor, el guiso elevaba la temperatura unos cuantos grados y la cerveza no alcanzaba para calmar el picor que sentía en la garganta. Tal vez, si no hubiera comido y bebido tanto, habría prestado atención a aquellas palabras.
Estuvimos un rato contemplando la actividad en la plaza. Vi que venía una vieja, pasito a paso, sin apuro, con su sombrero de fieltro y una especie de chaleco de color índigo. Saludó y dijo algo a Rosita. En quechua, creo. La muchacha contestó. Los tres me miraron mientras movían la cabeza asintiendo. La mujer entró en la casa.
Ya no servía para nada. Necesitaba tirarme a dormir allí mismo. Estaba bien, pero vencido por el sueño; lo único que quería era dormir. Salió Rawra y dijo:
-Te me estás durmiendo, rubio. Tenés que descansar para esta noche. Tomá una poquita de este té que te va a dar un respiro y te vas a dormir la siesta-. Sirvió en un pocillo de arcilla cocida un líquido turbio. Mientras bebía, Rawra trataba de acomodar mi pelo y murmuraba. Luego, tomándome del brazo, me guió hacia uno de los cuartos de la casa. Apenas podía caminar. Caí rendido sobre un camastro.

Desperté cuando oí que decían mi nombre. Era “el bailarín”. Había una lámpara encendida. Dijo:
-Vamos que va a empezar, ya está anocheciendo.
Salimos a la calle. La plaza estaba a pleno, el pueblo entero, camionetas y autos, motos, bicicletas, todo medio abollado, oxidado. Enfrente de la capilla, dentro del círculo formado por las arcadas tapadas de flores, se alzaba un corral de palos atados con alambre en el que habían encerrado unas ovejas.
-¿Qué hacen esos animales ahí? –pregunté.
-Son para el sacrificio y la cuarteada-, contestó Juan y marchó derecho a saludar a uno que le abría los brazos.
En todas las casas habían prendido la luz de calle. Otro tanto ocurría con las farolas de la plaza. Cuarenta o cincuenta personas, se movían y conversaban, luciendo diversas prendas de color, amarillo, violeta, rojo, naranja, verde. Los sombreros lucían cintas o vellones que parecían tener un orden aparte. No eran trajes típicos sino que tenían un toque, algún adminículo que hacía patente el origen, la pertenencia. Poniendo atención, advertí -con cierto desencanto-, pantalones vaqueros, zapatillas, mochilas y teléfonos celulares.
Prendieron una fogata a un costado. Después arrimaron distintas ollas, unas de barro negro o rojizo, otras de aluminio y unas parrillas apoyadas sobre piedras. A continuación acercaron una marmita de hierro que colgaron de un trípode. De inmediato dos o tres mujeres aparecieron con bollos y recipientes.
Daba gusto verlas: una estiraba la maza, otra colocaba el relleno, otra mojaba los bordes y hacía el repulgue. Por último, la cuarta, las metía en el caldero, en la grasa hirviente. De veinte fuegos brotaban humos y vapores. El aire se cargó de olor a fritura de carne sazonada con orégano y comino.
Los músicos se organizaron en dos grupos plantados uno frente al otro, en el borde de la pista delimitada por las mesas. Nadie daba una orden, todos reían. Se veían excitados, los rostros enrojecidos. Llegó Rosita tendiéndome una camisola verde brillante.
-Dice Rawra que te saques la camiseta blanca y te pongas esta.
-¿Y para qué?
-No vas a salir con una camiseta ¡por favor! Póntela encima nomás que de madrugada refresca –dijo, con ese acento cantarín de la quebrada.
Estaba decidido que yo iba a bailar. No me opuse, quería participar, habían logrado despertar mi entusiasmo. Circularon manjares y cerveza. Una de las bandas largó con un ritmo. Muchos batían palmas acompañando. Terminaba una y empezaba la otra. La música no paraba. Eran bailecitos o algo así, parecidos a un carnavalito pero más lento, marcado por los bombos.
Llegó Rawra acompañada por la otra vieja, que se mantenía un paso atrás. Lucía muy llamativa con aquella falda que volaba apenas se movía, el pelo lustroso y adornado con flores. Traía un vaso. Dijo:
-Tomá un Saratoga, rubio. Así te vas entonando.
-¿Saratoga?
-Tomá que te va a hacer falta.
No podía decir que no. Me lo mandé. Dulzón y violento, me provocó un ataque de tos. Rawra hizo un chasquido de satisfacción. Tomándome de la mano, me condujo hasta una de las mesas que rodeaban la pista, frente al corral. Las ovejas estaban tiesas de pavor.
Llegó Juan. Lucía una camisola semejante a la mía pero armada con hombreras y flecos, imponente. Para que no quedaran dudas de que él era el bailarín, habían sujetado a su frente una vincha con plumas de ñandú que lo hacían parecer un gigante.
Había ido contagiándome. Sentía que crecía dentro de mí la euforia. La gente se paraba frente a las mesas mientras las mujeres servían cazuelas con distintos preparados. Pelaron los tetras, salió a relucir el vino.
Sobre una mesa junto a la nuestra, Rawra y la amiga Mamakuka -así la llamaban- comenzaron a trabajar machacando una sustancia blanca, fibrosa en un mortero de piedra. La echaban en una jarra, revolvían, agregaban un polvo y unas hojas, también machacadas. Luego completaban con alcohol de farmacia.
-Son las que preparan el Saratoga –explicó Juan.
-¿Qué le ponen?
-¡Qué sé yo! Algo de un cactus de siete puntas (*) machacado, aguacoya creo, unas hojas de una planta que no sé cómo se llama, una pizca de ceniza de jume y yuyitos. La que trae las cenizas es la Mamakuka, Rawra se encarga del resto.
-Pero tomás uno de esos y quedás a la miseria.
-Al contrario, te hace bailar sin parar. Vas a sentir que volás…

Las bandas comenzaron a tocar al unísono. Todos se dieron vuelta hacia el centro de la plaza. Cuatro figuras muy altas marchaban hacia nosotros. Dos portaban caretas de caballo y las otras dos de vaca. La multitud abucheaba. Detrás de ellos venían unos emplumados, disfrazados de pajarracos, que caminaban encorvados y escarbaban la tierra con un palo golpeando aquí y allá como si picotearan.
-Los caballos y vacas son los conquistadores -dijo Juan-. Antes traían una cruz y una espada, pero el padre pidió que dejáramos de usarlos. Los de atrás son suris, ñandúes.
Se agruparon alrededor del corral. Rosita tomó de la mano a su pareja. Se abrieron paso hasta quedar parados junto a la valla. Llegó Rawra e hizo lo mismo conmigo. Los que íbamos a bailar fuimos formando una fila doble. Tres hombres entraron al corral y degollaron uno por uno a los lanares, cortándolas luego por el medio, a lo largo. Iban metiendo las tripas en unos tachos con agua. Muy pronto irían a parar a una parrilla. El griterío crecía.
-Empieza la cuarteada –dijo alguien.
Cada pareja tomó del montón una media res sin cuerear, ensangrentada, resbalosa. Armaron un círculo. Se daban una de las manos y con la otra sostenían por las patas el trozo de oveja.
Nada me resultaba sorprendente. Rawra no me sacaba los ojos de encima. Mamakuka vino con un vasito del brebaje. Me ordenó con un gesto que me lo mandara de una. No podía dejar de bailar.
Largó una de las bandas con una cadencia marcada por la percusión. Se formó una ronda con las doce parejas. Me movía con torpeza. Hacía todo a destiempo, desconcertado, pero la gente gritaba y aplaudía. De alguna manera, el aplauso era también para mí, que ponía el mayor empeño. Traté de copiar los movimientos de uno que iba adelante. Empecé a sentir que me había alivianado y bailaba mejor. Caballos, vacas y suris se bamboleaban sueltos en el centro, moviéndose en sentido contrario.
Estuvimos un rato con ese trotecito siguiendo el compás, hasta que se escuchó el golpeteo seco de una carraca y ahí comenzó la otra banda. Era una cadencia parecida a un carnavalito, aunque no muy distinto al anterior. Y seguimos. Cuando sonaba la matraca cortaban unos y entraban los otros; siempre había música. La gente nos acompañaba para animarnos. Las parejas evolucionaban entrando y saliendo, cada uno participando como podía.
Abajo y arriba y meta trote, quedé sin aire, pero apareció otra vez Mamakuka con un pocillo del menjunje para mí y otro para Rawra. Todos éramos atendidos de la misma forma. Las viejas entraban con vasitos de brebaje y los llevaban siguiendo el ritmo, mientras hacían malabares para no derramar una gota hasta que lo entregaban a un bailarín.
Ahora sí, el Saratoga barría con todo. Un segundo antes estaba exhausto. De pronto algo me corría y se metía el son bien adentro, hasta los tuétanos. Flotaba, no tenía peso; había desaparecido el cansancio. Lo único que quería era bailar. Bailar bailar. Ya no tenía que hacer ningún esfuerzo. Todos éramos uno que no iba a parar. Nunca iba a parar; tampoco las bandas. Más rápido y más fuerte. Trance. Idéntico paso todos. Cada uno tironeando de su cuarto.
Oigo que alguien grita: ¡Novena! El grito corre: ¡Novena! Alaridos. Abren las puertas de la capilla. Veo al fondo el altar con mil velas encendidas y formamos en fila. Caballos, vacas y suris. Juan y Rosita van haciendo punta. Suben al atrio. Entran como pueden, siempre bailando, allí entre los bancos. Así vamos, saludando a los que enfrentamos; unos que entran y otros que salen. Ahora estamos la mitad sobre la pista, en la plaza, y la otra mitad repartida sobre la escalinata y dentro de la iglesia.
¡Novena, novena!, aúllan. Completamos una vuelta y van contando: ¡Uno!, ¡dos!, ¡tres!, así hasta que llegan a nueve y otra vez a tomarnos en redondo. Flotábamos, Rawra –ninguna tan linda como ella- y yo, tomados de la media res, mirándonos, quemándonos con los ojos. Chispa y fuego.
Alguien puso una empanada en mi mano. Bailá comé bebé. Ya no sentía las piernas. El parche del bombo retumbaba en mis entrañas. Podría seguir toda la noche, toda la vida.
El cuero de la res se retorcía. En una de ésas Rawra me dio un beso en la boca. Menta y albahaca. Estábamos otra vez sobre la pista. La gente nos atendía. Me alcanzaron un riñón de oveja recién salido de la parrilla. No tenía hambre. Pero estaba crocante, exquisito. Quería beber. Beber y danzar. Hasta que no se separen los cuartos no podremos parar. Dale dale dale dale.

Asomó un rayo de luz desde detrás de los cerros. Aclaraba. Algunos se habían ido, otros quedaron desparramados en el suelo. Los bailarines seguíamos, las bandas también. Apuraban el ritmo. Uno de los caballos cayó sobre un cantero y allí quedó, sin soltar la botella de cerveza que mantenía aferrada por el pico.
Teníamos que seguir hasta que se cortara el cuero. Momentos antes de que saliera el sol, estalló el frenesí. Fue como si el cielo rojo nos incendiara el alma. Íbamos más y más rápido. Todos giramos y giramos hasta que se separaron los cuartos. Sólo quedaron Juan y Rosita. Parecía que flotaban.
Armamos una rueda. En el centro, solo los dos. Ella, hermosa, fresca como si recién empezara, giró y la pollera se echó a volar y pareció que se alzaba en el aire. Él, enorme, le bailaba alrededor sin darle respiro, demandándola, exigiéndola, hasta que cada uno se quedó con un cuarto y levantaron los brazos al cielo.

Abro los ojos. Rawra coloca algo mullido bajo mi cabeza. Me obliga a mordisquear un trozo de pan untado con dulce de cayote y beber pequeños sorbos de Saratoga. Está hermosa, fresca. Como si nunca hubiera bailado. Lleva desabrochada la blusa. Veo sus pechos chorreando leche. Estoy desnudo. Deja el plato y el vaso al pie de la cama. Me acaricia. Me recorre con su lengua, chupa muerde huele sopla. Se libra de la pollera.
Me ofrece un pezón. Siento en mi boca el líquido dulce pero se retira. Vuelve a darme un sorbo de la pócima. Se coloca a horcajadas, mueve las caderas como si siguiera en la danza. Soy el líquido; ella, el cántaro. Soy el magma; ella, el centro de la tierra.
Hurgo con mis dedos, busco sus rincones mientras se mueve. Arriba y abajo. Aprieta con las rodillas, sube milímetro a milímetro y luego, cuando pareciera ya no haber lugar para el placer, comienza a bajar con una lentitud que enloquece. Gime, al tiempo que la penetra la columna de fuego.
Acaricio su cuello, sus brazos, su cintura. La piel es suave. Olor a comino pimienta dulce madera. Un halo de luz perfila su figura. La cabellera ondea en el albor, los ojos miran sin parpadear y arrebatan. Sus dientes brillan.
Quiero hablar, quiero decir que es mi diosa, que la amo pero pone una mano sobre mi boca. Sigue moviendo la cintura sin tiempo, contrayendo y aflojando. Ahora inicia un vaivén de la pelvis más apurado. Y así hasta que cedemos, nos abrimos y abandonamos toda demanda. La Pacha nos cobija y envuelve con el húmedo olor de la tierra profunda.
Entro en estado de lasitud. Caigo en un sueño al que no soy capaz de renunciar a pesar de no querer perder ni por un segundo el contacto con Rawra. Alguien canturrea. Apenas puedo abrir los ojos. Es Mamakuka que se ocupa de mí. A ella también la veo nimbada por una luminiscencia. Aplica un ungüento aceitoso; palta citrus hinojo.
Va pasando por cada parte de mi cuerpo. Canta, arrulla. Necesito evacuar. Intento levantarme pero ella lo impide. Náuseas, arcadas, trato de incorporarme. Coloca una bacinilla cerca de la almohada, toma mi cabeza entre sus manos y me ayuda a vomitar. Pellizca mi vientre. Tira del pellejo. Cada vez que estira se producen movimientos en mis tripas. No puedo evitarlo: evacuo. Vergüenza. Ella sonríe. Levanta primero una y luego otra de mis piernas. Limpia. Retira algo que había debajo de mí.
Va lento. Ahora masajea las plantas de los pies, cada dedo. Sube y me da a beber de un vaso. No sé qué me da. No importa. Unta el glande con una emulsión. Calor. Aleteos de colibrí.
Aparece Rawra como si hubiera estado esperando disimulada en las sombras de la habitación. Pone un bocado entre mis labios. Mastico. Se echan las dos, una a cada lado. Acarician pellizcan besan lamen. Rawra murmura un par de palabras. Mamakuka sale del lecho. Volvemos a los juegos. Llegar al límite y atrás, al límite y atrás, una y otra vez.
Aquello duró un día y una noche, hasta el amanecer. Eso creo. Abría los ojos y la veía, siempre sonriendo, moviendo las caderas, agitándose, dándome algo de comer y algo de tomar o poniendo unos paños fríos sobre mi frente y bajo mis axilas. De repente, yo estaba arriba de ella o detrás y debajo y arriba. Las bocas las manos los ojos las piernas.

Juan me sacude para que despierte. Dice que nos tenemos que ir, que me vista, que la ropa está sobre la silla. Me siento. Por entre las rendijas de las tablas que tapian la ventana veo que ya es de día. Estoy desnudo. Vaquero, remera, zapatillas.
-¡Dale, che! -grita desde la cocina. -¡Levantate! Vení a tomar unos mates que nos vamos.
Están sentados a la mesa. Pastelitos dulces. Ríen, los divierto. No hago caso. Estoy confuso, cansado.
-Te aguantaste bien la bailanta, rubio -dice ella.
-Aguanté, sí, pero ustedes fueron los mejores.
-Y bueno, por algo le dicen “el bailarín”.
-¿Y Rawra, por dónde anda? -pregunto como al descuido.
-Llevó a pastorear las cabras. Te dejó saludos –contesta Rosita.
Minutos después estamos recorriendo la huella rumbo a la ruta. Juan prende un cigarrillo, sopla el humo y dice:
-No quería que nos fuéramos. Tuve que prometer que volverías conmigo el año próximo. Si no, no sé si nos habría dejado partir.
-¿A quién le prometiste eso?
-¡A la vieja!
-¿Cómo a la vieja… de quién estás hablando?
-¡De Rawra! ¿De quién va a ser?
-Hermano, ese Saratoga me cayó para la mierda. No sabés los sueños que tuve.
-¿Sueños? ¡Je, je! ¡Para colmo te robaron pelo y van a hacerte una layqa!
-¿Una qué?
-Una brujería… para que vuelvas todos los años. Ya vas a ver.
Bajo el parasol y observo mi rostro en el espejito. Cristalinos enrojecidos, piel amarilla, ojeras. Estoy hecho pedazos. Descubro que me falta un mechón sobre la oreja izquierda.
Un tijeretazo descargado del lado del corazón.


(*) N. del A.
Ruqru: Voz quechua. Locro.

Cactus de 7 puntas: Cactus de San Pedro. (Trichocereus peruvianus).

Juan el bailarín: Se dio a conocer bajo este nombre al autor. En circunstancias que no vienen al caso, relató a grandes trazos la fiesta conocida como “la cuarteada”, en una estación de servicio en la Quebrada de Humahuaca en 2011. La narración, algunos detalles de la celebración, hechos y personajes son producto de la imaginación.

© Orlando Espósito - 2012