sábado, 15 de marzo de 2014

Palancas

Fui el primero en entrar en la pieza de las palancas. Una luz sucia, que llegaba reflejada por mil muros grises se filtraba por la ventana. No había espacio suficiente para los dos, así que yo escuchaba desde adentro mientras que él hablaba algo apartado, con media cara en sombras, porque mi cuerpo impedía que le diera de lleno la claridad.
Ver o no ver su cara me daba igual. Lo que yo quería era trabajar y poco importaba lo que decía. Tres segundos, eso era lo que repetía al tiempo que levantaba la mano mostrando tres dedos. No perdí tiempo y empecé a trabajar. Adiviné que no iba a ser el único.
¡Prosiga!, gritó el de la gorra mientras abría la puerta y hacía pasar al segundo. No pude observarlo porque me encontraba ya en plena faena y, además, lo que oía era lo mismo que había oído un momento antes, salvo cuando dijo: La suya es la número dos.
Por alguna razón, el intervalo de mis tres segundos no coincidía con el del segundo (arribado segundo, no segundo de tiempo ni Segundo de nombre). Casi había una alternancia perfecta. Yo bajaba la palanca y, transcurrido un segundo y medio, segundo bajaba la suya. Fuimos tomando ritmo.
Al principio contaba como me había explicado el de la gorra: Ciento veintiuno, ciento veintidós, ciento veintitrés y le daba -se demora un segundo en decir un número de tres cifras- pero cuando llegó el otro y tomamos ritmo, nos fuimos acompasando y se hizo más fácil.
No hacía falta contar. Sin embargo, seguía contando y, supongo, el otro haría lo mismo. No se podía hablar, desde luego. Además, ¿qué se podría decir en tres segundos? Ciento veintiuno, ciento veintidós, ciento veintitrés y nada más.
Cuando me explicó -el de la gorra-, que la paga iba a ir pareja con la cantidad de bajadas de palanca, me propuse llevar la cuenta para asegurarme de que me pagaran lo justo. Pero no consideré con que tendría que contar los segundos para dar el golpe y eso me desconcentró por completo y perdí la cuenta. Fue cuando parpadeó la luz roja ubicada encima de mi palanca. Creo que me distraje y no bajé y entonces destelló. Uno, conté en silencio resignado a dar por perdida la cifra de bajadas y empezando a controlar los chispeos rojos.
Oí al de la gorra: ¡Prosigan, prosigan! Se abrió la puerta y entró el tercero. O sea que segundo no era el último. De verdad que el lugar era estrecho y, además no tenía buena ventilación por lo que empecé a sentir calor y a transpirar.
Una vez que se puso a trabajar el tercero se hizo más fácil la cosa: ¡Clac, clac, clac! Cada tantas bajadas pasaba el antebrazo para secar el sudor de mi frente. No sabía cuántas eran porque no quería contarlas pero iba al ritmo.
Sonó una chicharra. Se abrió una especie de buzón en la pared delante de 2 y pasaron una bandeja con comida. Error, llegué a pensar sin dejar de darle, yo soy 1. ¿Se habrán olvidado de mí?
Pero apenas había cumplido dos bajadas más, apareció una bandeja con mi número. Sospeché que era por culpa de las luces rojas que se habían encendido. No estaba mal la comida. Medio tibio el guiso y con poca sal, pero las tripas lo agradecían. Comí tratando de ignorar el botón rojo que se iluminaba cada tres segundos. Iba a hacer un comentario a 2, que la comida no era mala, pero estaba ocupado en devolver la vajilla a través del buzón para volver a darle a su palanca.
Dejé sin probar la gelatina –era la oportunidad de recuperar el atraso-, y volví a lo mío. ¡Prosigan! Se abrió la puerta y entró 4. Así que 3 no era el último tampoco. El de la gorra habló desde afuera. Para 4 no quedaba lugar. Nosotros seguíamos ¡Clac, clac, clac!
¿Adónde?, pensé. No pensé: ¿adónde lo van a poner?, porque no daba el tiempo. Sólo: ¿Adónde? El de la gorra volvió a hablar y 4 bajó a una grada inferior que no había visto hasta el momento. Una especie de canaleta para llegar a la cual tuvo que contorsionarse. Luego se movió a nalgazos hasta ubicarse debajo de mí. Es decir que lo que había detrás de los asientos eran pasadizos por los que uno se podía arrastrar hasta llegar al sitio que tenía destinado sin molestar a los otros.
Cuando 4 bajó su palanca por primera vez los tres perdimos el ritmo y se encendieron nuestras alarmas. ¡Plam! Resonó su golpe y nos distrajo. ¡Plam! Otra vez, pero nosotros ya estábamos dándole, corriendo para que no saltara la luz roja.
4 vino a quedar justo debajo de mi posición. Su cabeza, cubierta por el casco amarillo, quedaba entre mis borceguíes de seguridad con puntera de acero. Creo que en ese momento vi que eran muchas las filas de palancas, pero no tuve tiempo para otra cosa que seguir dándole. Fue mucho después, cuando terminó la jornada, que pensé que no me había percatado de eso.
Llegó 5. Sabía que iba a ir a parar debajo de 2. Así fue. Arrancó con su ¡Plam! sin avisar, pero estábamos preparados y nadie perdió un golpe.
Pasaron la colación de 3. Creo que estuve a punto de decir al de la gorra que no era bueno ese método porque nos distraía. Pero no dije nada. Fue como un ramalazo. Más tarde me ocurrió lo mismo con María y los chicos. Los vi riendo y saltando en la cocina cuando les conté que había conseguido trabajo en la planta. Guiño rojo.
Todo iba mejor. Ahora la luz venía de arriba y era blanca, no sucia como la que yo había visto al empezar la jornada. Supuse que habían encendido unos tubos en el techo. ¡Prosigan, prosigan! Llegaron 6, 7, 8 y 9.
La fila de debajo de nosotros se completó con 6. Los otros fueron para arriba. Nuestros cascos quedaron entre sus borceguíes con puntera de acero. Tuve ganas de ir al baño.
Lo primero que tendría que hacer para salir del cuarto sería soltar mi palanca. Me dominó la sensación de que si la soltaba, todo se iba a parar. Había ruido de metales y resortes yendo y viniendo. Clic, clac, plin, plan. No quería que parara el ruido.
No sabía para dónde salir. Solté la palanca. Luz roja. Los demás siguieron. Éramos tantos que no se notó la falta de mi ruido. Por debajo habría unas tres hileras y por encima unas diez o más.
Salí hacia atrás tratando de no perturbar a 2, a mi derecha, ni a 4, debajo, ni a 7, arriba. Lo único que veía era mi palanca y las punteras de 7. A 2 lo sentía a veces con el codo y a 4 le golpeaba el casco cada tanto con los zapatones. Cada vez que mi palanca no bajaba la luz roja parpadeaba.
Cuando volví ya éramos más del doble aunque quedaban palancas disponibles. Estaba entrando por el pasadizo para ir a mi puesto y pensé que era una lástima no haber prendido un cigarrillo en el baño. No quería ni imaginar cuántos rojos me habrían encajado.
Sonó la sirena y salimos. El de la gorra me dio un cartón que tenía acuñado el número 9327 y la fecha. Se corrió la reja de la calle y salimos mientras entraban los del segundo turno. Éramos más de mil.
Esperé el colectivo. No demoró. En una hora y media llegaría a casa. Estaba molesto por la boca reseca. Tenía trabajo: bien podía darme el gusto de entrar en el boliche del Tata a jugar un truco y tomar unas cañas.