domingo, 3 de febrero de 2013

Hambre de viento



I
Dónde andarás cuando no estás presente.
Tus ojos refulgen.
Hace un segundo sentí que tu cuerpo huía a regiones que me están vedadas. Aunque no me resigno, comprendo que ese fulgor no se repliega porque no le es propio a tus ojos. Es un brillo ajeno, como una coraza, libre de todo gobierno y así permanece.
La Luna lo tiene, igual que Venus. Uno se inclina a pensar que no es posible que esa luz azul no sea más que un reflejo.
Ceder a la falsía no es menos doloroso que matar la ilusión.
Estás aquí, puedo tocarte.  A mi lado están tu piel y tu carne pero sin fuego. Los irriga una sangre congelada que devora nuestro calor. Y pierdo el habla. No puedo reclamar, obligado por el juramento que me hice de no exigirte nunca nada.
Quedo pendiente de que ocurra tu regreso.
II
Soy una nave en dique seco, con el casco expuesto, lista para navegar. Navaja de las aguas presa de puntales que la mantienen inmóvil, sin destino.
Baja la noche sobre la costa.
Arriba, en lo alto del barranco, se enciende una ventana.
Donde debiera estar el horizonte -acaso perdido para siempre- hay guiños de luces.
Todavía quedan huellas de pisadas en la playa, condenadas por la marea que avanza.
La espuma se debate entre el aire y la arena, mientras cuñas de quebracho aprietan el hierro contra las costillas y crujen las cuadernas. Hay olor a brea pintura aserrín estopa.
Aún resuenan  golpes de martillos y hachuelas, sólo un eco vencido por el silencio que va haciéndose dueño del lugar.
No hay puerto que no pueda alcanzar. Conservo la arboladura intacta para afirmar el velamen con hambre de viento. Pero este acero que se clava contra mis costados me sujeta.
Estoy en tierra. Soy un pájaro fuera del aire que bate las alas en el vacío.
Veo el destello en tus pupilas y espero que regreses.