martes, 15 de julio de 2014

Segunda novela negra de la serie de "El Flaco" - Los secuestradores - En Amazon, código: B00NG0MH84


Los secuestradores es una novela que mantiene en vilo al lector desde la primera página. Prepárese para leerla de un tirón, porque una vez que la empiece no va a poder dejarla hasta el final. Para colmo, cuando la termine y vuelva a respirar va a sentir pena, casi como si sufriera un síndrome de abstinencia.
Sucede que este estilo mordaz, llano, sin vueltas, característico de Orlando Espósito resulta adictivo. Y en esto mucho tiene que ver el rescate del lenguaje de la calle y cómo hace hablar a los personajes con  naturalidad  en diálogos veraces, frescos, por momentos conmovedores, escritos al correr de la pluma y con frecuencia, sumamente divertidos.
La desaparición de una adolescente a plena luz del día se convierte en el primero de una serie de secuestros que se abaten como una plaga sobre el barrio. El Flaco y Cayo, su socio, dedicados de lleno a imprimir el primer número del periódico vecinal, La Voz de Villa Urquiza, se ven envueltos en una batalla para la que no estaban preparados y en la que se verán obligados a poner en juego todo lo que tienen, incluida la vida, para enfrentar a la mafia.
Los secuestradores es un thriller que refleja con crudeza e ironía el mundo que nos rodea y en el que estamos inmersos, nos guste o no. Como si lo dicho fuera poco, todo resulta tan creíble y real que, por momentos, va a sentir el soplo de un escalofrío corriendo por su espalda.
J.G.

sábado, 15 de marzo de 2014

Palancas

Fui el primero en entrar en la pieza de las palancas. Una luz sucia, que llegaba reflejada por mil muros se filtraba por la ventana. No había espacio para los dos, así que yo escuchaba desde adentro mientras que él hablaba algo apartado, con media cara en sombras, porque mi cuerpo impedía que le diera de lleno la claridad.
Ver o no ver su cara me daba igual. Lo que yo quería era trabajar y poco importaba lo que decía. Tres segundos, eso era lo que repetía al tiempo que levantaba la mano mostrando tres dedos. No perdí tiempo y empecé a trabajar. Adiviné que no iba a ser el único.
¡Prosiga!, gritó el de la gorra mientras abría la puerta y hacía pasar al segundo. No pude observarlo porque me encontraba ya en plena faena y, además, lo que oía era lo mismo que había oído un momento antes, salvo cuando dijo: La suya es la número dos.
Por alguna razón, el intervalo de mis tres segundos no coincidía con el del segundo (arribado segundo, no segundo de tiempo ni Segundo de nombre). Casi había una alternancia perfecta. Yo bajaba la palanca y, transcurrido un segundo y medio, segundo, el siguiente -mejor lo llamo 2-, bajaba la suya. Fuimos tomando ritmo.
Al principio contaba como me había explicado el de la gorra: Ciento veintiuno, ciento veintidós, ciento veintitrés y le daba -se demora un segundo en decir un número de tres cifras- pero cuando llegó el otro y tomamos ritmo, nos fuimos acompasando y se hizo más fácil.
No hacía falta contar. Sin embargo, seguía contando y, supongo, el otro haría lo mismo. No se podía hablar, desde luego. Además, ¿qué se podría decir en tres segundos? Ciento veintiuno, ciento veintidós, ciento veintitrés y nada más.
Cuando me explicó -el de la gorra-, que la paga iba a ir pareja con la cantidad de bajadas de palanca, me propuse llevar la cuenta para asegurarme de que me pagaran lo justo. Pero no consideré con que tendría que contar los segundos para dar el golpe y eso me desconcentró por completo y perdí la cuenta. Fue cuando parpadeó la luz roja ubicada encima de mi palanca. Creo que me distraje y no bajé y entonces destelló. Uno, conté en silencio resignado a dar por perdida la cifra de bajadas y empezando a controlar los chispeos rojos.
Oí al de la gorra: ¡Prosigan, prosigan! Se abrió la puerta y entró el tercero, 3. O sea que 2 no era el último. De verdad, el lugar era estrecho y además, no tenía ventilación por lo que empecé a sentir calor y a transpirar.
Una vez que se puso a trabajar 3 se hizo más fácil la cosa: ¡Clac, clac, clac! Cada tantas bajadas pasaba el antebrazo para secar el sudor de mi frente. No sabía cuántas eran porque no quería contarlas pero iba al ritmo.
Sonó una chicharra. Se abrió una especie de buzón en la pared delante de 2 y pasaron una bandeja con comida. Error, llegué a pensar sin dejar de darle, yo soy 1. ¿Se habrán olvidado de mí?
Pero cuando había cumplido dos bajadas más, apareció una bandeja con mi número. Sospeché que era por culpa de las luces rojas que se habían encendido. No estaba mal la comida. Medio tibio el guiso y con poca sal, pero las tripas lo agradecían. Comí tratando de ignorar el botón rojo que se iluminaba cada tres segundos. Iba a hacer un comentario a 2, que la comida no era mala, pero lo vi ocupado en devolver la vajilla a través del buzón para volver a darle a su palanca.
Dejé sin probar la gelatina –era la oportunidad de recuperar el atraso-, y volví a lo mío. ¡Prosigan! Se abrió la puerta y entró 4. Así que 3 no era el último tampoco. El de la gorra habló desde afuera. Para 4 no quedaba lugar. Nosotros seguíamos ¡Clac, clac, clac!
¿Adónde?, pensé. No pensé: ¿adónde lo van a poner?, porque no daba el tiempo. Sólo: ¿Adónde? El de la gorra volvió a hablar y 4 bajó a una grada inferior que no había visto hasta el momento. Una especie de canaleta para llegar a la cual tuvo que contorsionarse. Luego se movió a nalgazos hasta ubicarse debajo de mí. Es decir que lo que había detrás de los asientos eran pasadizos por los que uno se podía arrastrar hasta llegar al sitio que tenía destinado sin molestar a los otros.
Cuando 4 bajó su palanca por primera vez los tres perdimos el ritmo y se encendieron nuestras alarmas. ¡Plam! Resonó su golpe y nos distrajo. ¡Plam! Otra vez, pero nosotros ya estábamos dándole, corriendo para que no saltara la luz roja.
4 vino a quedar justo debajo de mi posición. Su cabeza, cubierta por el casco amarillo, quedaba entre mis borceguíes de seguridad con puntera de acero. Creo que en ese momento vi que eran muchas las filas de palancas, pero no tuve tiempo para otra cosa que seguir dándole. Fue mucho después, cuando terminó la jornada, que pensé que no me había percatado de eso.
Llegó 5. Sabía que iba a ir a parar debajo de 2. Así fue. Arrancó con su ¡Plam! sin avisar, pero estábamos preparados y nadie perdió un golpe.
Pasaron la colación de 3. Creo que estuve a punto de decir al de la gorra que no era bueno ese método porque nos distraía. Pero no dije nada. Fue como un ramalazo. Más tarde me ocurrió lo mismo con María y los chicos. Los vi riendo y saltando en la cocina cuando les conté que había conseguido trabajo en la planta. Guiño rojo.
Todo iba mejor. Ahora la luz venía de arriba y era blanca, no sucia como la que yo había visto al empezar la jornada. Supuse que habían encendido unos tubos en el techo. ¡Prosigan, prosigan! Llegaron 6, 7, 8 y 9.
La fila de debajo de nosotros se completó con 6. Los otros fueron para arriba. Nuestros cascos quedaron entre sus borceguíes con puntera de acero. Tuve ganas de ir al baño.
Lo primero que tendría que hacer para salir del cuarto sería soltar mi palanca. Me dominó la sensación de que si la soltaba, todo se iba a parar. Había ruido de metales y resortes yendo y viniendo. Clic, clac, plin, plan. No quería que parara el ruido.
No sabía para dónde salir. Solté la palanca. Luz roja. Los demás siguieron. Éramos tantos que no se notó la falta de mi ruido. Por debajo habría unas tres hileras y por encima unas diez o más.
Salí hacia atrás tratando de no perturbar a 2, a mi derecha, ni a 4, debajo, ni a 7, arriba. Lo único que veía era mi palanca y las punteras de 7. A 2 lo sentía a veces con el codo y a 4 le golpeaba el casco cada tanto con los zapatones. Cada vez que mi palanca no bajaba la luz roja parpadeaba.
Cuando volví ya éramos más del doble aunque quedaban palancas disponibles. Estaba entrando por el pasadizo para ir a mi puesto y pensé que era una lástima no haber prendido un cigarrillo en el baño. No quería ni imaginar cuántos rojos me habrían encajado.
Sonó la sirena y salimos. El de la gorra me dio un cartón que tenía acuñado el número 9327 y la fecha. Se corrió la reja de la calle y salimos mientras entraban los del segundo turno. Éramos más de mil.
Esperé el colectivo. No demoró. En una hora y media llegaría a casa. Estaba molesto por la boca reseca. Tenía trabajo: bien podía darme el gusto de entrar en el boliche del Tata a jugar un truco y tomar unas cañas.

miércoles, 10 de abril de 2013

Dos momentos


Miro hacia atrás. Contemplo el camino que sube dando vueltas desde tan lejos, que parece no tener origen ni destino. Guardo un recuerdo imperfecto de sitios por los que pasé, perdidos en la bruma de los años. Hacia adelante, percibo bancos de niebla como si la senda discurriera entre marismas y ciénagas. Musgo, insectos, olor de materia vegetal en descomposición.

Deambulé por planicies donde el sol reverbera sobre el asfalto y el calor hace danzar el aire ondulando el horizonte. No encuentro en la memoria huellas de sed, rastros de labios cuarteados ni ese regusto salobre en la boca de aquel que está condenado por la falta de agua. Hubo desiertos que estoy seguro de haber atravesado. No conservo imágenes, mi mente no lucubra escenas de arenas incandescentes. Sin embargo, sé de largas caminatas en las que sólo veía mis pisadas y tal vez, el rastro sinuoso de algún crótalo.

Puedo, sí, ver vados torrentosos, ríos que atraviesan el camino con su caudal de un millón de años arrastrando todo a su paso. Crucé por allí. Perdí mi mochila en el torrente o en remolinos emboscados en aguas que parecían mansas. No sé qué llevaba.

Distingo una zona oscura donde la vida y el sonido están ausentes, región donde el ser se desgarra en jirones o estalla sin ruido. Sé que ocurrió, aunque no advierto restos ni fragmentos. Sé que estuve en ese lugar y perdí el alma.

Tengo presente el camino mientras vacilo sobre la cornisa. Estuve asomado al abismo del que brotan los gemidos de los que no fueron, de los que no pudieron. Caminé por ese borde. Trastabillé dominado por el terror. Caí. Sigo cayendo aún, porque nunca llegué al fondo.

Vengo de cruzar el pantano donde permanecer inmóvil es seguir vivo y moverse es terminar siendo la presa en las fauces del predador. Fui pececillo y biguá, liebre y zorro. Sentí cómo se quebraba mi espinazo con el experto golpe de pico de la garza; sentí cómo cedían los cartílagos entre mis fauces, la selva bajo la lluvia, el amarillo de los trigales de las plantaciones hechas por el hombre. Y el sudor y la música y la risa.

Hubo algunos que ofrecieron un sorbo de agua. Los que señalaron un sitio para que hiciera un alto a la sombra de un árbol y quienes se apretaron haciéndome un espacio junto al fuego. No tengo registro de otros gestos. Llegué aquí. Estoy. No quiero mirar hacia atrás. Los puntos de partida o de llegada nada representan.

Nos guía el azar, ¿para qué interrogarnos? Nada puede alterar cómo he arribado ni lo que he venido a ser. Nada modificará tu camino ni borrará tus cicatrices. Estás aquí. Por una fracción de segundo nos cruzamos y nos demandamos el uno al otro.

Los cielos no son los mismos.

Necesito descansar. Ansío tus mieles, el roce de tus manos borrando mis arrugas y alisando mi pelo. Quiero que soples una risa sobre mi rostro. Oír tu voz. Que me nombres. Permanecer tendido mientras veo las ramas mecidas por la brisa.

Velaré tu sueño, tu goce, tu placer. Recordaré cuánto deseaba tu presencia en cada uno de los lugares en que estuve, cómo adiviné tu rostro sin que fuera posible darte las caricias que soñaba por las noches.

Voy a recorrer tus rincones y a demorarme en el río entibiando la piel en cada playa. Tronará la tormenta alrededor de los cuerpos anudados, nos abriremos a la vida, palpitará la célula, será eterno el instante.

Ya en la calma, reclinaré mi cabeza sobre tu frescor, que cobijará mi reposo.

Un cruce de caminos; dos momentos.

sábado, 23 de marzo de 2013

Al otro lado

Abrió la puerta del baño y vio la yarará. Cerró.

Tanto calor. Meses de seca. La casa abierta para que corriera un poco de aire mientras cortaba algunos racimos del parral.

Seguramente había entrado persiguiendo a los sapos que buscaban la humedad detrás del pie del lavatorio.

Tomó un rastrillo para asestar un golpe certero. Empuñó el picaporte y tensó el cuerpo.

La imaginó al otro lado, también preparada para todo.

martes, 12 de marzo de 2013

Embrujo

Vi a la araña urdir su trampa, y al insecto caer entre esos hilos que son apenas aire. Veo llegar a la cazadora pronta para inyectar a la presa su ponzoña. Es peor tu embrujo, que me quitó la vida y no me da la muerte.

sábado, 2 de marzo de 2013

La mentira

No es mío, dijo perforando los ojos que intentaban el engaño. Yo sé que sí, insistió ella sin desviar la mirada. Dejó esfumar la furia mientras terminaba el cigarrillo. Pensó que sería duro vivir con esa mentira. Plantarse y no dejarla pasar era perderla. Imaginó su vida sin ella. Tomó su mano y sonrió.

sábado, 23 de febrero de 2013

Juntos

Llevan horas tomando, uno ginebra, otro grapa, acodados en cada extremo del mostrador. A su tiempo, las miradas despuntan un rencor viejo. Acortan distancia sin hablar. ¡Arrancá!, grita uno. Dos facones vuelan para hincar el hierro a fondo. Sin lamentos ni sorpresa, sienten cómo se les va la vida, juntos.