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jueves, 26 de diciembre de 2024

LA ISLA DE LOS MUERTOS

Época: año 1470 a.C.

 

*


La vieja Lihuel, después de mirarlo con fuego a los ojos le había susurrado que se anduviera con cuidado durante la ceremonia del kamaruko, porque dos noches antes había visto en un sueño una nube sobre la cabeza de Wikür, su protegido, y eso era un mal presagio. Pero él no hizo caso, se encogió de hombros, siguió dándole a la chicha y después, pasó lo que pasó. Aunque muchos ni cuenta se dieron de lo ocurrido, porque de tanto bailar y tomar se habían tirado a dormir la borrachera a los costados del rewe, sin guardar ningún respeto por el espacio sagrado.

    La vieja había dicho que evitara discusiones y peleas, que no se mezclara con la gente. Pero, ¿qué quería que hiciera? ¿Acaso quedarse solo, encerrado, a oscuras, mientras los demás no daban más de tanto bailar y tomar? Maldito brebaje: cuanto más bebía más quería de aquél mushay de piñones, blanco y picante, que le entraba como fuego a la cabeza.

Ahora, después de lo ocurrido, la vieja le ordenó que se fuera lejos porque ya no había lugar para él en el lof. Lo abrazó fuerte, le frotó la nariz, le dio un beso en la frente y, una vez que se acallaron los gritos dijo:

—Andate. Cruzá las cumbres y bajá hacia el agua grande, donde se pone el sol. Para que puedas andar sin tropiezos ni demoras, te voy a hacer una magia buena que va a limpiar tu püllü. Así no podrás recordar qué pasó hasta que llegues al final de tu camino. Es eso, nada más: un nguyün que si te das vuelta a mirar hará que todo se ponga negro, como si no tuvieras ojos. 

—Durante el viaje juntá de esos hongos que uso para las ceremonias. Cuando llegues a la orilla encendé un fuego, comé uno y dejá pasar un tiempo hasta que te vengan arcadas y vómitos. Ya me viste a mí y sabés que eso no dura mucho, no te asustes. Dejá pasar un rato y después andá comiendo despacio los demás, cinco o seis van a ser suficientes. —Cuando termines invocá a tus ancestros, descansá y esperá. 

    Después lo apretó con fuerza otra vez contra su cuerpo descarnado. —Ahora andate, antes de que salgan de la sorpresa y los domine la furia. Van a armar partidas y te van a buscar durante mucho tiempo.

Obedece el mandato. Poco antes del alba ya bordea un arroyo y empieza a bajar hacia el pie de los cerros. Una vez que cruce los valles donde pastan los guanacos tendrá que superar las cumbres que lo separan del agua grande. Sabe cómo llegar, conoce los pasos entre las rocas gigantes, los precipicios y cañadones. 


**


Partir produce dolor; a medida que uno se aleja desaparecen los buenos recuerdos, los días alegres y las fiestas. El morral se carga con las tristezas vividas, con las traiciones, los momentos de coraje y los de cobardía, se siente en el pecho que la carne se desgarra. Tal vez a otros le pase lo contrario, pero él había tenido poco de lo bueno y muchas amarguras. Se alejaba porque así tenía que ser, porque no podía quedarse.

A media mañana hace un alto. Ahueca las manos para beber de un arroyo. Siente aquel frescor líquido que se escurre desde las grandes rocas que retienen las nieves eternas. Agua blanca y el sol apareados, la dureza del granito, el verdor del ágata, el misterio del ópalo, la transparencia del cuarzo.

Centellas en el azul. Dos cóndores con las alas desplegadas planean dando giros llevados por las corrientes de aire. Los pierde de vista cuando la cumbre del cerro los oculta, pero al rato aparecen por el otro lado. Wikür siente pereza y envidia al verlos así, flotar sin esfuerzo, como si nada los apurara, como si no tuvieran urgencia alguna.

Wikür era de esa tierra, sus ancestros eran de allí; conocía cada ruido, cada roce, el tambor del tucu-tucu, las sendas de las liebres, las cuevas de los coipos. Sabía del ojo del cóndor y de la astucia del puma en busca de la presa, percibía el palpitar de los corazones de las víctimas temerosas de la garra o del zarpazo. 

Ahora baja por la ladera cada vez más lejos de los suyos, con la certeza que ya no verá más la fronda del canelo sagrado en el centro del rewe, las ramas adornadas con las cintas de colores. Ya no verá más a la vieja Lihuel, la que siempre lo había protegido.

Partir es así: a cada paso el que se va siente que los recuerdos se pierden tras un manto de niebla y vacío. Un vacío que devora el pasado mientras crece la certeza de que no habrá retorno posible; es como darse la muerte de a poco, según crece la lejanía, según cambia el paisaje.


Camina sin darse respiro. Pasa la línea de los cerros más altos. Atraviesa los bosques. Nada lo sorprende, es su lugar en el mundo, su tierra. Apura el paso, quiere llegar pronto al agua grande. Siente los dedos entumecidos por el frío. Sigue hasta que no puede más. Elige un lugar para pasar la noche. Enciende un fuego.

Trata de dormir, pero lo inquietan los trafentum, las entidades negativas que se aprovechan de las personas debilitadas. Lo invade la pena; una pena sin fin, una pena que, tal vez, le dará descanso cuando termine el viaje. Es tristeza por el rencor que le robó la vida, ese rencor que es como la garra de un puma que desgarra sus entrañas. Trata de mirar hacia atrás, intenta recordar, pero una niebla negra se lo impide.

La marcha hacia el agua grande no lo inquieta, presiente que cuando llegue a destino y se encuentre con el barquero llegará la paz a su espíritu infectado de angustia. Le molesta el peso que siente sobre el pecho. Pesa el aire, pesa el bosque, pesa la noche con los puntos que titilan a lo lejos, en el cielo, en lo profundo del wenumapu, donde reina Ngnechén.

Cierra los ojos. Nada puede hacerle daño allí, salvo los demonios que van a venir cuando se duerma. Los conoce, hace muchos, muchos años que no tiene una noche tranquila. Pero ahora, cierra los ojos y cede al cansancio de la larga jornada. Entra en el mundo del peuma, las cuevas donde esperan los sueños. Puede ver a su alrededor, puede oír el chisporroteo de la fogata, pero hay otro ruido más fuerte que el resto, un ruido que hiela la sangre: el ruido del filo que quiebra el hueso.


En cuatro días llega a las arenas negras de una playa, todavía sometida por las sombras del acantilado. La lejanía, el aire húmedo y salitroso hacen que sienta que su cuerpo se desintegra. La espuma de pequeñas olas y los revuelos de pájaros de alas blancas bordan figuras cambiantes. Busca la isla, pero no la ve, nada interrumpe la línea del horizonte. Los rayos del sol caen a pico y levantan mil reflejos en el agua. Cabrillas de cresta blanca y lomo negro. 

Lo invade una calma desconocida para él hasta entonces. Dos pumas hambrientos lo habían perseguido desde que podía recordar: la ausencia de la mirada de la madre –muerta durante el parto– y la pesadumbre en la de su padre. Eso, y la carga de la culpa por su brazo defectuoso, que sufría como un castigo.

La única persona que lo había cobijado y cuidado como si fuera su propio hijo cuando quedó huérfano, había sido la machi. Por las noches lo arropaba y le contaba historias del origen del pueblo mapuche. Contaba de la lucha entre las diosas del mar y la tierra, de las lluvias sin fin y la crecida de los mares hasta que taparon la tierra y los che debieron refugiarse en los volcanes. Y así fue durante mucho tiempo hasta que la inundación cedió. De a poco, las aguas retrocedieron y el wallmapu, quedó como territorio de los che para siempre.

Wikür despierta. Espera el momento propicio para invocar al barquero. Busca los hongos en el morral. Mastica lentamente el primero; un sabor amargo y picante, mezcla de tierra y resina invade su boca. Al rato, lo domina una arcada seguida por otras, hasta que queda apoyado sobre manos y rodillas, con la cabeza gacha en un intento por forzar un vómito. Luego lo vence una serie de bostezos. Sabe que es el cuerpo que se resiste a soltar al espíritu.


***


Come el segundo. Náuseas. Vértigo. Se desliza, da vueltas, todo vira hacia el verde, seguido de una lenta espiral hacia el azul. La tierra, el agua, el aire, sus piernas y brazos, no hay nada que no se coloree de azul, hasta las brasas de la fogata. Azul sobre azul, los pájaros, las montañas, la arena. «Comé uno por cada dedo de tu mano», le había dicho la machi. Se estremece. Una sacudida recorre su cuerpo de arriba abajo. Es la magia que le había hecho la vieja que lo deja libre. Se abre la niebla, ahora va a poder recordar el pasado.

Está en la fiesta del kamaruko, apartado, apoyado contra el tronco de un ñire alrededor del que dejaron hachas y lanzas los invitados. Lleva bebidos muchos cuencos de mushay y no puede parar. Todos cantan y bailan alrededor del canelo tomados de las cintas de colores. Suenan el kultrúng y el trompe, risas, gritos, algarabía. Wikür permanece mudo, agazapado, lejos de los fulgores de las fogatas. Mira a Tahiel y a Ailen. Los ve abrazarse y reír.

Y al ver esas caricias, esas risas, siente que lo domina la rabia. Maldice cada día de su vida; maldice haber nacido a costa de la vida de su madre, muerta durante el parto. Maldice a su padre dedicado a la guerra; ese padre que solo tenía ojos para Tahiel, el hijo fuerte y aguerrido. Y la rabia incendia el odio. Un odio cargado por años de sentimientos encontrados. Lo desgarra el recuerdo de una de las pocas veces que había mantenido una conversación con su padre, cuando pidió permiso para ser iniciado como guerrero. El hombre guardó silencio por un momento, con la mirada fija en algún punto más allá de Wikür. Colocó una mano sobre el hombro del hijo y dijo: Wikür, querido hijo, usted no puede ser guerrero, algo tan cierto como la piedra o la tierra. Mire a su alrededor: tampoco podrá volar como los pájaros ni dar sombra como un árbol, pero no por eso es menos hombre ni es menos lo que la vida le ofrece. Deje de echar culpas y, también, deje de sentirlas. Entienda que la vida es un don de Ngnechén, como sea que haya sido dado.

Empuña un hacha y avanza hacia el centro del rewe. Ve las fogatas, ve a la gente danzando, pero todo está borroso. Solo ve a Ailen y a Tahiel que ríen. Presiente el horror. Tiembla cuando advierte que una fuerza que no puede controlar lo obliga a ir hacia ellos. Se resiste, pero no puede evitar dar el primer paso. Camina movido por el fuego que le quema las entrañas.  

Avanza con la mirada fija en Ailen, y no puede apartarla. Ella está junto a Tahiel. Ríen, se besan y abrazan. Tiembla. Desde que eran chicos, cuando jugaban todos juntos, Wikür había sentido devoción por Ailen, pero nunca se atrevió a decir nada. Wikür, el tullido, el del brazo como una rama reseca. Después Tahiel pasó la ceremonia de iniciación como guerrero y abandonó los juegos.

Y ahora los ve juntos. Los ve felices. Ve que ríen de su brazo, de su timidez, ríen y lo miran mientras se acarician. Siente que los wekufe se apoderan de su cuerpo y de su mente. Son ellos, los diablos los que lo mueven. Avanza dando zancadas. Por el rabillo del ojo ve a la machi que corre hacia él con los brazos extendidos, las manos abiertas. Oye que grita; no hace caso. Sigue. 

Sigue hasta que se planta frente a ellos. No ve nada más, no oye el barullo de la ceremonia. Da un salto y se alza desafiante frente a Tahiel. Siente con sorpresa y espanto la fuerza que lo gobierna. El brazo sano vuela hacia atrás blandiendo el hacha. De su garganta brota un alarido que hiela la sangre. Tahiel lo mira con los ojos desorbitados. Inmóvil, no atina a reaccionar por lo inesperado del ataque. Alguien grita, pero Wikür no se distrae. 

Trata de resistir, pero no tiene nada que oponer a la ferocidad de ese impulso. Nada puede hacer contra aquella energía oscura. Cae, el filo, en el que refulge el rojo de las llamas de las fogatas. Tahiel comienza a levantar los brazos para protegerse. Todavía no es tarde. El horror estruja el corazón de Wikür mientras cae el hacha y ve los ojos de Tahiel dilatándose. Todavía hay tiempo, pero Tahiel no se aparta, no se defiende. Oye el grito de Ailen un instante antes del golpe. También él grita cuando ve el filo del sílice que hiende el cráneo de su hermano con un ruido seco, como el de una vasija que se rompe.

El cuerpo de Tahiel se afloja. Ailen lo aferra con ambas manos para que no golpee contra el suelo, como si con eso pudiera protegerlo de la muerte. Wikür trastabilla arrastrado por el peso del cuerpo que cae. Da un tirón para arrancar el hacha del tajo. La herida es fatal. De la cabeza abierta en dos chorrea un cieno amarillento. La vida se escapa. La muerte anuncia su llegada con un par de estertores.

    Callan el kultrúng y el trompe. Todos quedan inmóviles consternados por la tragedia. Al instante, la machi se acerca a Wikür, lo toma por un brazo y lo lleva aparte. Hace que se arrodille sobre unas pieles, abre sus dedos obligándolo a soltar el hacha ensangrentada y le masajea las sienes mientras canturrea en voz baja. Suelta un gemido.

—Matar a tu hermano... nunca creí que podía pasar algo así. Ahora estás obligado a marcharte lejos, cruzar las cumbres y bajar hacia el agua grande, donde se pone el sol. Cuando llegues, tendrás que invocar a tus ancestros y rogar que te vaya a buscar el barquero. Tal vez hablando con ellos encuentres la paz.


                                                              ****


Come el último hongo. Las piñas chisporrotean en la fogata. Todo comienza a girar a su alrededor más y más rápido. Gira el universo y Wikür es el eje, como si estuviera suspendido en el centro de una esfera. Peces, montañas, aves, pumas, estrellas, bosques enteros giran y giran. Restallan truenos que golpean en sus oídos

Todo se detiene. Siente que sus pies se apoyan sobre la arena y el mundo vuelve a ocupar el espacio tal como siempre. Comienza a ver el paisaje como si estuviera en lo alto de un risco. Levita. Ve su cuerpo tendido en la arena. Una cuerda verde brillante todavía lo ata a su carne. 

A la distancia, como si flotara en un mar de grasa derretida, divisa la isla de los muertos. El sol: fuego quemado por fuego. Ahora ve llegar al barquero. Baja hacia la playa, pero sigue atado. Da un tirón en un intento de cortar el amarre. Un temblor recorre lo que aún queda de su cuerpo; un sacudimiento de pies a cabeza, estertores que anuncian el fin. Está aferrado a lo que fue él mismo, la piel arde, la sangre se espesa. Los despojos resisten su partida mientras que lo envuelve el frío de la muerte.

—¡Vamos, ya es la hora! —grita el barquero.

La tierra se parte en grietas profundas y brotan alimañas de pieles negras, sanguinolentas, de vientres hinchados: criaturas de otro mundo que invaden aquello que había sido su cuerpo.

—¡Vamos! —insiste el barquero.

  El cordón de luz que lo une al cadáver se opaca. Una última sacudida le indica que ya nada tiene que ver con lo anterior. Se dirige hacia la barca. Las aguas se aquietan. Wikür se ubica en la proa, de espaldas al viejo, la mirada fija en la sombra negra que interrumpe la línea del horizonte. La embarcación parte sobre aquel mar sin olas. Un cóndor hace un par de giros al tiempo que lanza un graznido.

—Es mañke inka. Él nos va llevar.

El ave se dirige hacia el sol. La embarcación pega un tirón y sigue al pájaro. Pronto el sol queda tapado por sus alas. El universo desaparece tragado por la oscuridad. 

La canoa vara sobre una playa de arena. Una mole negra se alza recortada contra un fondo iluminado por una tenue luz  azul.

—Llegamos —dice el viejo. Wikür mira en derredor.

—Acá no hay nada. ¿Estamos en la isla?

—¿Y dónde si no?

—¿Y los ancestros?

—Ah, de eso no sé nada… Tal vez…

—¿Cuánto tendré que esperar?

—¿Esperar? Acá no se espera. En esta isla no hay tiempo.

Wikür da una vuelta sobre sí mismo. Nada ve salvo la sombra negra que semeja a un acantilado. El barquero empuja la canoa.

—Tengo que hacer otro viaje.

—¿Cuándo volverá?

—No volveré —dice alejándose con un golpe de los remos—. No hago dos viajes al mismo sitio… o al mismo tiempo, no sé. Nunca llevo a dos püllü a la misma isla.

Un viento se arremolina alrededor de Wikür. La playa y la sombra del acantilado desaparecen engullidos por la oscuridad.











martes, 28 de septiembre de 2021

El tiro del final



 Relato publicado en Revista Colofón - Ilustración: José Bejaramo



Desperté con los gallos, metí un par de troncos en la estufa, tiré de la palanca para abrir el tiraje, puse encima la pava con agua y ocupé el sillón frente a la ventana que da al corral. 

Estaba mal dormido; meta dar vueltas en la cama. Me había levantado varias veces para mear, transpirado y con una sed de locos. Noche perra como pocas porque jodía el Sultán, que no paraba de ladrar, y habían balado las ovejas; tal vez un zorro, un zorro de dos patas. Ni pensé en tirar un par de tiros por el ventanuco, como lo habría hecho antes, por si me andaban carneando unos corderos. Tengo ganas de fumar.

Ella se la pasó murmurando: “Esto se termina. No quiero vivir más aquí”. Treinta años de casados, primera y única novia, mujer de toda la vida, el proyecto de la chacra, hijos… y venir a decirme que se va de la casa porque necesita espacio, que ya no puede vivir conmigo, que quiere su propia vida. ¿Dónde habré puesto los fósforos?

La miraba yéndose y no podía creer que eso sucediera, que se largara de verdad, en el auto de Aída, la vecina. Treinta años de casados, siete de novios, compañeros del secundario y del profesorado. Toda la vida. Toda la vida a la mierda porque necesitaba espacio… ¿Qué es esto del espacio?

Habían estado de charla varios días. Yo andaba de trajín con las ovejas y esas cosas… el eléctrico, los bebederos. Lo de siempre. La otra venía y se pasaban las tardes tomando mate en la cocina, meta conversar. Sabía que estaban tramando algo, cosas de mujeres; sé que las mujeres necesitan contarse cosas, quejarse un poco o hablar de los hijos. Así que ni pregunté por el motivo de tanta visita. No era raro que viniera. Vive cruzando el camino; es difícil que pase un día sin que conversen un rato. Lo que no se me habría ocurrido jamás era que Hilda estuviera tan mal. Nunca debe de haber hablado con nadie tantas horas seguidas como durante aquellos días con Aída. “¿Qué será lo que tiene?”, me preguntaba.

Las cosas no salieron como estaba en los planes. Los planes son muy lindos, pero la realidad te baja de un palazo. La chacra es demasiado chica y ningún proyecto termina de cerrar. Nunca se da la vuelta, siempre faltan cinco para el peso. No podemos vender la producción en Viedma porque la caminera confisca todo a la entrada o hay que pagar coima. Los milicos dejan o no dejan pasar siguiendo instrucciones del frigorífico, que los mantiene bien coimeados.

La chacra no alcanza para subsistir. No da lo suficiente. Las ovejas ni dan para comer. Los hijos tuvieron que irse obligados a Viedma, a buscar de qué vivir por las suyas, porque nosotros no pudimos darles una puta mano. 

Esa fue una de las reivindicaciones de siempre de la cooperativa: que se repartieran tierras entre nuestros hijos, los hijos de los chacareros, para que no tuvieran que emigrar. Claro que los políticos prefieren repartir tierras entre sus propios hijos y entre sus empresas. No hay peor sordo que un político. Ahora sí que me van a escuchar. Llegó el momento de decir basta.

Eso es lo que no entiendo. Hilda siempre estuvo a la par mía. Vinimos acá y nos presentamos para que nos adjudicaran la chacra. Nos la dieron, sí, pero nos dieron esta mierda, tierra mala y poca, pura piedra. Hoy se termina, mejor así.

Después los partos, primero las chicas y después el pibe. Más adelante, el entusiasmo cuando entregaron las máquinas de la cooperativa. ¡Qué orgullo cuando vimos los silos terminados y echamos a andar el chimango! Cuando salieron las primeras toneladas de balanceado. El papel prensado no prende; tengo que abrirlo. Aquel asado… vinieron como doscientas personas. La coope se iba transformando en una potencia. Entonces sí que empezaron a arrimarse los otros.

Estaba también la alegría por la democracia. Habían pasado las primeras elecciones en muchos años y estábamos con todos los vientos. Nadie podría haber imaginado —en ese entonces— que iba a caer sobre Río Negro semejante manga de langostas que acabarían con todo. Una de las provincias más ricas, donde nada falta, saqueada a mansalva por estos ladrones que están en el gobierno desde hace tantos años. Ya está agarrando.

También en esas luchas estuvimos codo a codo. Éramos compañeros en el sentido más completo de la palabra. Ganaban una tras otra las elecciones con fraude, promesas y mentiras. Pero nunca le aflojamos. Teníamos la fe de la gente joven, creíamos en hacer un futuro para nuestros hijos. Había fe en la palabra, en la propaganda.

Empezó a venir Aída; quiero decir, empezó a venir a conversar durante horas, porque venir, venía siempre. ¡Qué sé yo! Se juntaron tantas cosas... También venían mis hijas y hablaban con Hilda mientras mateaban. Yo me iba quedando en el fondo de la chacra, arreglando alambrados, regando, cortando leña. Me mantenía ocupado para no ir a la cocina y sentir el silencio ese que hacían cuando aparecía yo. 

¡Cómo se me vinieron los quilombos! Primero fue la planta de alimento balanceado; la manejamos para la mierda, nos   endeudamos con el Instituto y tuvimos que entregarla para cancelar lo que debíamos. Después siguió la chacra. Por todos lados, tareas pendientes. Alambrados rotos, acequias embancadas, el eléctrico que tenía pérdidas y no pateaba. Cada cosa que iba a usar había que arreglarla antes. Roto, oxidado, piezas perdidas. Sin dinero, lo único que podía hacer era trabajar como un animal. Pero nunca nada salía derecho. Ahora van a ver cómo queda de arregladito todo… 

Así fue. Un poco de cada cosa. El trabajo atrasado, que no se pudieran vender los corderos en Viedma, las ovejas que se habían puesto mañeras y se escapaban de los potreros, las acequias embancadas que complicaban el riego, la mala relación con las hijas, el hijo que ni aparecía, Hilda que no hacía más que hablar con Aída. Cuando agarre el papel ya está.

Un poco de esto y otro poco de aquello. Uno no se da cuenta. Pero la cabeza empieza a trabajar y no para. Boludeces. No es que uno esté pensando en algo importante. Son mil cosas que se te vienen a la cabeza al mismo tiempo, todas urgentes… pura mierda. Me acordaba a cada rato de un tango que decía: “Ni el tiro del final te va a salir”.

Que se me rompió la muela y no fui al dentista, que se rompió la sopapa de la bomba, que no fui a buscar la cubierta de la camioneta a la gomería, que qué carajo estaría hablando Hilda con Aída, y así dale y dale, todo el día y toda la noche. La noche también, sin dormir, con la cabeza atropellada por tanta pavada. 

No hay paz. Discutimos como nunca. Lo peor es que me enojo, me recaliento y, en una de esas me la agarro con ella. No le pego, no, pero le mando un par de gritos o le contesto mal. Sí, hace mucho que ando así. Nadie se da cuenta porque parezco un tipo tranquilo. Hace mucho que ando con bronca. Si no vendo un cordero, bronca porque no vendo; si lo vendo, bronca porque el precio no alcanza para nada. Así con todo. Es algo raro... Furia, no sé. A veces tengo ganas de agarrar el revólver y liquidar a los corderos… o limpiarme yo. Lloro por cualquier cosa. Ando flojo y lloro por cualquier cosa. Me emociono. Antes me entusiasmaba estar vivo, tenía fuerza para todo. Ya no.

El doctor me dio una pastillita para dormir un poco mejor y eso fue todo. Nada se arregló. Siguió igual. Durante el día hay problemas que lo disponen mal a uno. Ayer los del consorcio me soldaron la compuerta y me dejaron sin agua porque estaba atrasado con los pagos. ¿Cómo voy a pagar si me dejan sin agua para regar?

Llegué caliente a la casa. Estaban Hilda y Gabriela, las dos siempre en mi contra, la madre y la hija. Discutimos por una pavada —un cordero que habían fiado—, pero yo me puse como loco y grité fuerte, demasiado:

—¡Bueno, carajo, a ver si me dejan de joder con estas pavadas!

—¡Siempre te dejamos de joder, papá! Siempre estamos mirando para no joderte. No vaya a ser que te molestes. Me tenés repodrida con tus gritos y tus enojos.

—Se la pasan al pedo, acá, tomando mate y hablando. ¡Mirá la chacra…! ¡Mirá! ¡Está que se viene abajo y nadie hace nada!

—No vengas a echar culpas. Nosotros no somos los culpables de tus fracasos. A mí me tenés cansada. Sos muy gritón aquí adentro, con mamá y nosotras, pero afuera te hacés el simpático con todos. Hasta con aquel atorrante que trajiste a vivir a la casilla del fondo, ¿te acordás? Porque te la das de buen tipo y lo tuyo es de todos. Lo trajiste a vivir acá con nosotros.

—¿Qué hay con eso? ¿Qué te hizo? 

—Ni cuenta te dabas, papá. No sé si no lo veías o te faltaba coraje para enfrentarlo.

—¿Qué pasó, Hilda?

—No la metas a mamá en esto. Bastante sufrió, la pobre. Por una vez hacete cargo. Tu vida es un fracaso y nos cagaste la vida a todos. Mamá se viene conmigo. Ya te lo digo. Hoy se viene conmigo a Viedma.

—¡Hijo de puta! ¡Y pensar que yo creía que te cuidaba!

—¡Claro! Te venía muy bien que me cuidara. Así tenías tiempo para hacer la revolución…

—Lo voy a matar.

—No vas a matar a nadie, papá. No vas a hacer nada. Lo sabés muy bien.

Duele la boca de tanto que aprieto los dientes. El mundo se está viniendo abajo y no puedo hacer nada. Estaba roto de antes, desde hacía mucho tiempo, y yo me estoy enterando ahora.

—Te vas, Hilda, ¿es cierto?

—Todo salió mal, Juan. Ahora quiero estar sola por un tiempo, reflexionar sobre nuestra relación, sobre qué voy a hacer con mi vida…

—¿Qué vas a hacer con tu vida? ¡Estamos por cumplir sesenta, Hilda! ¿Tenés mierda en la cabeza?

—Será eso… tendré lo que vos decís, pero me voy. Te cuesta aceptar que fracasamos. Todo se está viniendo abajo, los potreros, la casa. ¡Mirá, mirá lo que es esta cocina! Vivimos como miserables, Juan.

Basta. Se acabaron las palabras. Ya no hay tiempo para hablar. Que se vaya. 

Tomé unas grapas, la última botella. No tenía ganas de hacer nada. Me quedé bebiendo y mirando hacia afuera, al patio. Cuando caía la tarde, las ovejas se arrimaron al corral, pero no quise cerrar la tranquera. 

Después, no sé cuándo, comencé a amontonar leña debajo de la camioneta, en el cobertizo y atrás, en la cúpula, donde estaban los tanques de gas comprimido. Busqué recipientes con inflamables, kerosene, aceite quemado de los recambios, aceite nuevo. Arrimé neumáticos viejos, papeles, diarios, revistas. Fui haciendo una pila adentro y alrededor de la casa.

En la habitación de los chicos, guardábamos los cuadernos viejos, recortes de diarios, folletos de la Federación y del sindicato, fichas de la cooperativa, libros, cuadernos con poemas que nos habíamos cruzado entre Hilda y yo, juego de hace muchos años: ella escribía una página y yo le contestaba en la siguiente. No sé cuándo se cortó eso.

No podía sacarme de la cabeza lo que me había dicho Gabriela. La voz con que lo había dicho. La rabia. ¿Cómo se me pudo haber pasado una cosa así? ¿Estaba tan ciego? Un dolor cruzaba el cuerpo, como si me cortaran al medio. Ella lo gritó echándome la culpa. Le había fallado. Todo culpa mía.

Me venció el alcohol. Dormí tirado en el sillón con el televisor encendido.

Desperté por el frío a la madrugada. Fui hasta el dormitorio a buscar unas mantas. No va a quedar nada de esta porquería. Dejé todo preparado y lo voy a seguir hasta el final. No me gusta la casa vacía, sin Hilda. 

Los hijos la pusieron en mi contra. Le llenaron la cabeza. Se juntaron para hacerme frente. Ella salió hablando del día que estrellé la botella de vino contra la parrilla. Me viene con historias que pasaron hace mil años. Se van a arrepentir. Ya van a ver…

Busco la carabina y la escopeta. Con las dos tengo suficiente para parar a los bomberos si es que logran que arranque el camión. Ahora me tomo unos mates de despedida, me preparo un buen refugio en la pieza de adelante y… ¡a la mierda con todo!

La leña rociada con el gasoil comenzó a arder. El diario es lo más difícil, parece mentira. Pero en cuanto agarre el tanque de nafta y los de gas de la camioneta todo va a volar por los aires. También están las garrafas de la cocina. 

Entro y voy al cuarto de los chicos. Echo alcohol de quemar y le doy fuego. Abro la ventana. Las llamas se avivan. Corro a mi refugio, me aseguro de que el cargador de la veintidós esté completo y los dos caños de la escopeta con sus cartuchos. Todo está listo. Saco el celular. Marco el número de Gabriela. 

—¡Hola!

—Prendí fuego a la chacra. No va a quedar nada. Avisen a los bomberos que, si vienen, los voy a cagar a tiros. A ustedes también… que no venga nadie. ¡Se acabó!

Llegan los bomberos. Humareda impresionante. Paran el camión y bajan. Recelan, se ve que les pasaron el mensaje. Uno se acerca, suelta el gancho y empuja la tranquera. Apunto al faro izquierdo y tiro. Corren a esconderse detrás del tanque. 

—¡Para, loco, soy Venancio! ¡Ya está viniendo el doctor!

Le sacudo un escopetazo a la trompa del camión. Escucho soplidos, explosiones, barullo de cosas que caen. Los bomberos señalan hacia el cobertizo. Llega la ambulancia. Vienen a hablar, a ver si me convencen.

—¡Vino el doctor, loco! —grita Venancio.

No contesto. Le disparo al otro faro y corren a esconderse. No es entre nosotros que tenemos que hablar. Algo estalla en el cobertizo. Las llamas aúllan. Los ruidos del fuego desbocado. 

El médico sale de atrás de la ambulancia y se acerca. Le apunto a una pierna, pero no puedo tirar. No es con él. No es con nadie. Sigue avanzando.

—No tires, Juan, quiero que hablemos —dice.

Meto el cañón de la escopeta en la boca. Lastima el paladar. Siento el regusto de aceite y azufre. No puedo disparar. 

—Voy a entrar, Juan. 

 


  

sábado, 23 de marzo de 2013

Al otro lado

Abrió la puerta del baño y vio la yarará. Cerró.

Tanto calor. Meses de seca. La casa abierta para que corriera un poco de aire mientras cortaba algunos racimos del parral.

Seguramente había entrado persiguiendo a los sapos que buscaban la humedad detrás del pie del lavatorio.

Tomó un rastrillo para asestar un golpe certero. Empuñó el picaporte y tensó el cuerpo.

La imaginó al otro lado, también preparada para todo.

sábado, 23 de febrero de 2013

Juntos

Llevan horas tomando, uno ginebra, otro grapa, acodados en cada extremo del mostrador. A su tiempo, las miradas despuntan un rencor viejo. Acortan distancia sin hablar. ¡Arrancá!, grita uno. Dos facones vuelan para hincar el hierro a fondo. Sin lamentos ni sorpresa, sienten cómo se les va la vida, juntos.